?

Log in

No account? Create an account

Nov. 7th, 2010

He vuelto a mis orígenes


www.canelilla.blog.com

conciencia

En un día en el que se me llevan los demonios, decido ponerme a escribir para conseguir, como sucedía antes, algo de desahogo.

Escribo hoy porque, a veces, las cosas mal hechas y las malas personas alegran a uno el día subiéndole la autoestima. Cuando ves que alguien es malo, que alguien hace cosas y hiere a cualquiera para lograr su objetivo, y sobretodo cuando te das cuenta de que tú jamás harías tal cosa ni actuarías de tal forma, te das cuenta de que eres mejor. Te quieres más por ser buena persona o, simplemente, por no ser mala persona.

Desde muy pequeña, al margen de motivaciones religiosas, mis padres y abuelos me enseñaron a ser consciente de mi propia conciencia. A que la peor consecuencia de mis malos actos no era reñirme, echarme sermones o castigarme, sino que mi propia conciencia se encargaría de hacerme ver aquello que no debía hacer. He sido siempre muy consciente de mi conciencia, de que nunca me traiciona y siempre, a través de alguna especie de instinto, me ha avisado cuando he estado a punto de hacer algo de lo que me podría arrepentir después.

Jamás he hecho daño a alguien con intención, y el sólo deseo de hacerlo, ya de mayor, por la causa que sea, me pone la piel de gallina. Es mi conciencia la que me alerta de aquella enseñanza de no hacer al prójimo lo que no quisieras que te hagan a tí. Obviamente, ni lo he sabido ni lo sabré nunca todo y sí, como todos, he hecho daño sin querer, he actuado mal más o menos sin querer y me he arrepentido de más de una cosa en mi vida. Suelo, y aquí no sé si acierto o me equivoco, castigarme a mí misma más que a los demás.Me hincho de orgullo cuando hago las cosas bien, cuando ayudo y cuando doy mi brazo a torcer ante alguien que tiene más razón que yo. Puede que inicialmente me fastidie, pero a los pocos minutos me doy cuenta de que sentirme tan bien por hacer bien las cosas y tratar bien a las personas me compensa, y mucho. Y aún así, como persona que soy, a veces la cago pero bien.

Es por eso por lo que no comprendo cómo algunas personas pueden dormir siendo tan ruines, pero tarde o temprano la conciencia siempre te recuerda que hay cosas y actitudes que jamás deberías hacer o tener....

Enhorabuena, has sido seleccionada.

Uffff... ya ni me acuerdo de la última vez que me puse a escribir y no publiqué. Es todo cuestión de perrería, tanto el no querer recordarlo como el hecho de no hacerlo, así que me ahorraré excusas varias que es donde siempre acabo dejándolo. Porque sí, los que hayan leído alguno de mis blogs se darán cuenta de que me voy por las ramas, y por las ramas de las ramas, hasta que o surge algo que me hace dejar de escribir o directamente no me acuerdo de por qué empecé.

Diré, pues, como principio de post, que mi vida ha dado un giro de casi 180º. Quizá para el común de los mortales el cambio no haya supuesto tanto, pero para mí, en este  caso, sí. En poco menos de tres meses he hecho bastantes cosas que han dado a mi vidilla de estudiante parada otro aire: visité Cuba en Navidades, en un viaje de lo más placentero por la compañía (familia y eternidad) y la buena sensación que da el sentir que el otro se integra en tu grupo, los que son más tuyos que nadie y que, por esta misma razón, no necesariamente deben serlo para el otro. Fue genial el sentirme en un pack, como siempre me he sentido con mi familia, sumándole una persona más que hizo de mis vacaciones algo digno de recordar por los siglos de los siglos.
Al volver, me encontré de lleno con mi sensación agridulce en referencia al trabajo, porque me sentía muy poco útil y bastante poco valorada profesionalmente. Tuve una etapa de esas en las que la autoestima desciende conforme lo hacen las llamadas para entrevistas de trabajo. Y como soy como soy, me rallé mucho más de la cuenta hasta el punto de preocupar al segundo gran héroe de mi vida, mi padre. Por suerte, sólo duró mes y medio porque tuve una oferta de prácticas, no remuneradas, como creativa y diseñadora. Y lo cierto es que fue genial el sentirme más ocupada, más útil y más integrada en la profesión a la vez que iba terminando mi especialización. Horario bueno, pocas limitaciones y mucha tranquilidad por la escasa responsabilidad de mi puesto al no estar remunerado (es lo que tiene, la parte buena de trabajar sin cobrar). Son cosas como estas, el cambio de situación de la noche a la mañana, las que hacen que la vida tenga un colorcillo más agradable que el gris habitual.

Gris que, por otra parte, ha mejorado notablemente en las últimas tres semanas. De un día para otro (y mira que a mí la improvisación y la prisa me bloquean), me llamaron para hacer unas entrevistas en un sitio "guay". Y digo guay porque es el sitio en el que generalmente a uno le gustaría trabajar, un sitio chulo, bonito y con posibilidades de que amplíes tu estancia en la oficina de forma absolutamente voluntaria.Un sitio algo lejos pero en un paisaje envidiable, frente al mar con toda la tranquilidad que eso conlleva. Tan guay tan guay que piensas "Sí, claro, seguro que me cogen (sarcasmo)" Desconfiada y algo hartita como iba a las entrevistas, porque bajo el callo está la parte blandita, fui sin ánimo de emocionarme mucho para contrarrestar el conocido dicho de "cuanto más alto subes, mayor es la h**tia". A mis días se fue uniendo algo de esperanza al ver que iba pasando ese eterno pero comprimido proceso de selección: es lo que tiene, el ser humano es tan estúpido a veces que empieza a valorarse única y exclusivamente cuando ve que los demás lo hacen. Una versión antropológica del "culo veo, culo quiero".

A día de hoy, llevo diez días trabajando en aquel lugar cuyo proceso de selección hizo cambiar mi autoestima. He terminado por fin mi curso y mi portafolio es mejor de lo que yo pensaba (volvamos a la estupidez humana), así que tengo otra perspectiva de aquí a la presentación del mismo. Mi trabajo está bien, suena a tremenda cosa complicada como todos, pero por fin me pagan. Sé de sobra que algo me explotan, por el tipo de contrato y por la cantidad de horas no reflejadas en el contrato que tendré que hacer. Pero qué queréis que os diga: Ya me han explotado más en otros sitios. De momento, tengo un contrato de seis meses prorrogable y una compañera que está bien, es maja y tiene pinta de ser trabajadora. Y sí, como en todas partes, ya tengo alguna que otra queja, porque yo no me canso de analizar y conspirar...pero la respuesta a todas mis dudas, quejas y piques internos por funcionamiento de la empresa se resuelven siempre con el mismo pensamiento: vale, eso está mal peeeero...me pagan.

Así que aquí estoy, reventada tras mi maratoniana jornada de hoy y con los nervios como escarpias porque el Lunes ya volaré más o menos sola y a mí eso me da miedito porque temo cagarla. Pero también estoy contenta por sentirme útil, por tener qué hacer y con quién compartirlo. Y más que estaré...en quince días que cobro la nómina. :) 

Nómina que, por otra parte, me hace pensar en términos y asuntos totalmente desconocidos hasta la fecha por la ausencia de contrato. Que dónde vas a meter la nómina, que tendrás que hacerte presupuestos mensuales, no semanales, que dónde te dan más rentabilidad... Aspectos que mi padre parecía estar deseando debatir y que finalmente debatió en un viaje en coche, como siempre hacemos cuando hay temas serios que tratar. Tema serio también, y que reconozco que es lo que más me fastidia y duele de trabajar, el hecho de que dejaremos de tomar nuestro mítico café de los jueves por la mañana, que era el aliciente de toda una semana y del que hablaré más profundamente en otro post.

Tal y como están las cosas, me digo "Enhorabuena", me digo, "has sido seleccionada para empezar una etapa nueva de tu vida".

Caribe navideño

Hace unos años, sentía opresión en mi pecho de la emoción al escuchar "Hasta siempre comandante", canción que repetía una y otra vez y que una y otra vez me provocaba esta sensación. Fue aquel un año de escaso éxito emocional, más bien fracasito anunciado, pero mucho crecimiento intelectual porque aprendí y quise aprender una auténtica barbaridad.
Fue así como aprendí toneladas de cosas acerca de otras culturas, otras políticas y otras formas de pensar. Si bien nunca he sido intolerante con prácticamente ninguna opción, lo cierto es que considero aquel año como el año del despertar y conocer. Valiéndome de mis medios, Internet y mi afición por los periódicos y la comparación entre ellos, intenté saber más de todo e, inevitablemente, acabé centrando mis mayores esfuerzos en aprender de lo absolutamente desconocido y estereotipado. A día de hoy, fue mi única y gran compensación de aquel año feo en el que me llevé tantas desilusiones como cosas aprendí. Por eso todos los que me conocen saben de mi amor por la cultura árabe en particular y de mis conocimientos de política internacional en general. Que no soy una erudita, lo sé de sobra. Pero que me interesé y aprendí por el mero hecho de desear hacerlo, también.

Como decía, ese año desarrollé un especial interés por las grandes "gestas" políticas y leyendas varias, ya que no todas las gestas son gestas en sí ni son tan épicas y positivas como muchos quieren venderlas. Y entre todas aquellas gestas, decidí aprender comparando fuentes dispares sobre la historia política de Latinoamérica y en concreto, sobre las grandes figuras de la revolución cubana. Me enamoré de Cuba casi tanto como de Palestina, país (y no territorio) al que viajaré alguna vez en mi vida cueste lo que cueste. Durante ese año, también viaje a República Dominicana, dándome cuenta de que mi resort no era nada representativo y pensando mucho, pero que mucho, en la suerte que tengo. Así, pude darme cuenta de que para conocer los sitios y su verdadera historia, hay que verlos por uno mismo.


Consecuentemente, el hecho de poder viajar a Cuba en diez días me da un subidón que no me lo creo. Aparte de poder verlo todo, tocarlo todo y aprender aún más, la idea de poder ver con mis propios ojos aquello de lo que tanto he leído me parece sublime. Pero lo mejor de todo es la compañía: la posibilidad de poder viajar con mi familia, costumbre aprendida, y mi eternidad a la vez, costumbre a la que empezaré a acostumbrarme en este viaje. Ansío un viaje en el que el lugar me llene intelectualmente y pase a ser otro elemento más de mi carro de recuerdos, mientras que me llene emocionalmente al ver cómo comparto mis viajes con mi eternidad a ojos de mi familia.
Consciente de que el viaje en sí es un esfuerzo para todos, le doy aún más valor y tengo más ganas. Sé que me costará acostumbrarme a tantas personas importantes juntas en un mismo sitio, a las opiniones políticas dispares que tendrán que chocar en conversaciones varias, a poder atenderlos a todos lo mejor posible.

Una de las cosas que más valoro en mi eternidad es su capacidad y su baja resistencia a estar con mi familia. Conscientes, tanto él como yo, de que yo vine en un pack y soy indivisible como los yogures, es más digno aún si cabe el admirar su facilidad de trato y lo agusto que me hace sentir y que parece sentirse cuando estamos con ellos. Sé que la familia es de uno para ese uno, pero "de otro" para el otro, por lo que me hace especialmente feliz el hecho de que él intente quererlos o que ya los quiera y consienta que comparta mi tiempo con él y con ellos a la vez. Adoro su facilidad para que los veamos, para que los tratemos, para que pasemos tiempo con ellos. Su forma de involucrarse en cuestiones familiares y tareas que no necesariamente le corresponden. Poco post queda para que diga todo aquello que, en referencia a mi familia, me hace adorar aún más a mi eternidad.

En resumidas cuentas, una gran tropa perteneciente a un grandísimo clan intentará viajar a Cuba en los próximos días y sacar lo mejor de la experiencia. Yo, aún en mi casa, ya estoy expectante por disfrutar de todos ellos en un mismo espacio y tiempo...

...porque un caribe navideño con los tuyos al completo sólo se vive una vez en la vida.

Nov. 19th, 2009

Me autoflagelo pensando en cuán atrasada voy con el blog. Han sido muchos, muchísimos en realidad, los días que he querido escribir en el blog, los mismos que temas que me han inspirado para escribir. Pero lo cierto es que debería hacer caso a la máxima de mi madre - "Contra pereza, diligencia"- y ponerme a escribir cuando se me ocurre.

Uno de esos temas fue San Carlos. Día en el que, como en todos los demás, recordé a mis abuelos y vinieron a mi mente miles de imágenes y momentos con sólo mentarlos. ¿Qué lo hizo especial? Que en San Carlos nunca jamás pasaba nada malo y era más nuestro que el propio día de Navidad. Aquella mesa llena de comida, llena de esfuerzo de mi abuela y llena de gente. Todos los hermanos de mis abuelos, que sumaban más de doce en total, nosotros y ellos. Siempre, siempre, siempre ellos en mis recuerdos. Recuerdo sentirme importante porque era mi santo y recibía regalos. En aquella época, aún podía escoger el cuándo de mis regalos en tres momentos del año: mi santo, mi cumpleaños y Reyes. Recuerdo también el orgullo de llamarme como mi abuelo, aquella sensación de pertenencia a un grupo que me proporcionaba el compartir nombre con un alto porcentaje de mi familia. Me encantaba saber que esa tarde no iba a clase, y el momento más dulce llegaba a las tres de la tarde, cuando imaginaba a mis compañeros en el colegio mientras yo estaba con mi héroe.

Mi héroe...que siempre marcó los momentos importantes de mi vida. Puedo sentir aún esa sensación de abrazarlo y es algo en lo que últimamente pienso mucho. En realidad, es lo que más echo de menos desde que no está. Tocar su chaqueta verde de lana en invierno, los puños de su camisa almidonada hasta el extremo. Besarle y notar cada arruga, cada surco de su cara mientras le toco el pelo, aquellos "caracoles" o rizos que tenía en semejante melenón. Recuerdo su olor, sus orejas y su nariz heladas. Sus uñas de dragón, en punta porque redondas le parecían "de mariquita", sus manos huesudas llenas de manchas marrones. Puedo recordar todas y cada una de ellas porque siempre he adorado sus manos y su dicho de "manos frías, amor de un sólo día". Echo de menos abrazarlo, que me de ese poco de calor para pasar Noviembre y no pensar cada día en que no está. Echo de menos aquellos últimos momentos, en los que ya no estaba pero seguía estando allí, de otra forma, con nosotros, recibiendo todos los besos y abrazos que necesitábamos darle, nos viese desde donde nos viese.

Hace un par de días volví a ver la película de "¿Y tú quién eres?", de Antonio Mercero. A pesar de que en aquellos momentos mi héroe aún seguía con nosotros, recuerdo sentir un dolor más que fuerte. Dolor porque tienes el ligero presentimiento, tal y como ocurrió la noche antes de irse, de que se va a ir en breve. Dolor porque te sientes culpable de desear esa marcha. Dolor por querer aferrarte a algo que ya no está, algo que se le pareció pero que ni siquiera sabe qué fue ni qué es. Dolor porque quieres que se quede más tiempo, pero en cada segundo te duele más su estancia por él, por tí. Esta vez, la película no hizo tanta mella en mí, no me hizo sentir tanto dolor. Me dolió porque lo reconocí, tal y como me había pasado la primera vez, en todas las escenas y ahora ya no lo tenía. Pero ahora sonreía mientras lloraba, recordando todo aquello que fue y lo tranquilo que estaba cuando se alejó de nosotros. Sonreía pensando en lo agusto que estaría si me viese por un agujerito, llorando sin perder la sonrisa, recordando momentos más que felices. Momentos nuestros, de él y míos. Única y exclusivamente.

Mi madre siempre dice que yo le aporté a él tanto o más que él a mí. Si es así, no sé cómo ha podido ser. Nunca dejaré de darle las gracias por ser mi héroe desde el día que nací hasta el día que me muera.

Creo que nunca en mi vida he querido tanto a nadie como a mi abuelo. No de tal forma. Se encargó, desde que tengo uso de razón, de ser una referencia constante, para cada momento, acto y pensamiento. Lo consiguió y, hoy, dos años después de dejarnos, aún lo tengo en la cabeza cada día.

Categorías:

Las ocho menos cuarto.
Ya queda menos. Tras unas cuantas horas de puesta a punto, tras muchas más de nervios y preparativos, repaso mentalmente para que no se me olvide nada. Monedero, cargador, dinero, tarjetas, calcetines y demás objetos que suelen olvidarse tras preparar con prisa y nervios las maletas. Repaso dejar el número de teléfono a mis compañeras, ambos números, en el mismo exacto sitio en el que siempre lo dejo. Por si las moscas, aunque nunca fuera necesario.
Abrigada como para el Polo Norte, bajo a la plaza y espero al bus. Sé, de buena tinta, que tardará bastante en llegar. Visto así, me quito una capa de ropa porque en Alicante no hace tanto frío. Me gusta oler, más bien apestar, a crema hidratante y colonia, a pelo limpio y a nervios. Enciendo mi Ipod, busco la canción exacta de la espera. Espero fumando, como he hecho todo el día tras haber comprado mi paquete alrededor de las seis.
El bus llega, y con él el conductor gordito y simpático que siempre me lleva a mis viajes. Sabe a dónde voy, estoy segura. Lo lee en mi sonrisa nerviosa, en mis ojos casi anegados de emoción, como antaño hiciera aquel señor en Renfe. Me recoloco los cascos del Ipod y busco entre mis canciones aquella que define el punto de partida de mis viajes, aquella que hace que me explote el pecho de emoción y una sonrisa "de borrego" de muestras a todo el mundo de lo enamorada que estoy. Tengo frío y las ventanas están empañadas, pero pego la nariz a ellas para poder ver a través y restar paradas de este itinerario, aumentando mi emoción con cada resta. Me desespero en la parada central mientras las canciones van sonando, una tras otra, en una lista de reproducción especial para estos casos. Los cinco minutos de parada se hacen eternos, pero me motiva saber que la siguiente es la mía, el último intermediario para la consecución de mi plan.
Llego al aeropuerto y corro como alma que lleva el diablo, aún sabiendo que tendré que esperar mucho tiempo porque, como siempre, he llegado demasiado pronto. "No podía estar más tiempo en casa desesperándome", pienso mientras me enciendo un cigarro en la puerta y maldigo la prohibición de fumar dentro del aeropuerto. Caladas rápidas, profundas y algunas dolorosas por la prisa, mientras empiezan a temblarme las manos, parte por el frío y parte por la emoción.
Cada paso, cada parada, cada sitio es uno menos con respecto a lo que me queda de camino. Por eso soy muy rápida facturando, y si no tengo que hacerlo mirando la puerta de embarque. Me fastidia ir en momentos de muchos vuelos porque no encuentro mi destino, pero al final lo veo: Madrid. Cuando llego al scanner de embarque, maldigo el momento en el que me he puesto seis chapas, un cinturón y un collar y conservo mis seis o siete pulseras, todas con algún trocito de metal. Pero da igual, porque la inmensa cola y el casi tener que desvestirme y vestirme de nuevo compensan pensando en todo aquello que vendrá al bajar del avión.
Conforme pasa el tiempo voy poniéndome más nerviosa, a pesar de que por la regularidad de mis viajes podría hacer el camino por el aeropuerto con los ojos cerrados. Me tenso al pensar en que aún  me quedan al menos 30 minutos para embarcar, y después otros diez para que el avión arranque, una hora de vuelo y otros diez últimos minutos para recorrer la T4. Me siento, reenchufo mi Ipod de nuevo y me pongo alguna canción de salir con el objetivo de eliminar algo de tensión tamborileando con los dedos sobre la pierna, tensa y apoyada en la otra. Tengo calor, tengo frío, tengo nervios y una sonrisa de oreja a oreja que ya no pasa desapercibida para nadie.
Finalmente llaman a embarcar. Pese a que el aeropuerto es pequeño y me lo sé de memoria, me desespero y ando rápido para llegar a la puerta de embarque, siempre la última, como me pasa en Barajas (con la diferencia de que la T4 es cien veces el aeropuerto de l'Altet entero) cuando hago el camino a la inversa.
Entro, embarco y llego al avión. Intento sentarme en la ventana porque a esas horas no hay apenas gente. Me siento y empiezo a escuchar la música ambiental, casi fuera de mis casillas de la tensión, que tienen los aviones de Iberia. Una versión chill-out de una canción eternamente versionada: "You take my self, you take my self, you take mi self-control..."
Tras llegar a mi destino, correr por la T4 y salir por la puerta de "Llegadas", me entrego al juego que marca el inicio de mi visita: pasar, avergonzada, entre miles de ojos que esperan y buscar con los míos a alguien que sé que se ha escondido para reírse de mi vergüenza.
Cuando encuentro lo que busco, el monumental abrazo me enseña que todas y cada una de aquellas visitas no sólo merecieron la pena,
sino que a día de hoy, aún me emocionan.

Categorías:

Michi michi

Cuando mi abuela decía que chispeaba, o que caía el conocido "calabobos", decía que llovía "michi michi". Ni preguntéis por qué, pero mi abuela era todo un diccionario, un refranero y un diario de costumbres. Gran sabia, solía mantenerse en un segundo plano en el que nunca le importó estar. Tras mi abuelo pero manejando, haciendo como que no. Esa fue una de las virtudes que tenía y que más alabamos en mi casa, además de valorar que, desde la semioscuridad, siempre supo qué decir, qué hacer y cómo orientar a los que, sin necesidad de sangre, éramos considerados como sus hijos.

Sí, porque aunque ella tuvo dos en realidad, amplió su amor maternal a muchos más, incluyendo en ellos a mi madre, su nuera, y a nosotras, sus nietas. Siempre se comportó como una segunda madre y, de haber perdido yo a la mía, estoy segura de que hubiera sabido llevarnos bien y cumplir con su cometido. Afortunadamente, he podido disfrutar de las dos juntas durante veintidós años de mi vida, teniendo ahora sólo a mi madre, para la que siempre sobrarán las palabras, porque "madre no hay más que una". Por eso me hace especial gracia mirar a la ventana y tener pensamientos antagónicos: desde un "mecague'n, hoy también me mojo" acompañado de una mueca a "michi michi", acordándome de mi abuela y, como siempre, con una sonrisa de oreja a oreja.

El pensamiento negativo viene a cuento, pues, porque esta tarde empiezo un curso y se me solapa con otro. Otro del cual, sin ánimo de ofender, estoy ya algo cansada. Más que nada por el horario, más que nada porque hay alguien a quien le tengo manía y así soy yo, cuando tengo manía la tengo hasta el final, salvo sorpresas inesperadas. El caso es que el que empiezo esta tarde me apetece un montón, porque me da la sensación de no estar parada al ser cuatro horas diarias hasta Marzo. Yo es que si no puedo consolarme con algo, siempre encuentro otra visión consoladora. También porque aprenderé cosas jamás aprendidas, como ilustración. (ooooh)
Peeeero...hasta el Miércoles tendré que ser Flash (que no el de Adobe) y hacer dos cosas que no me gustan y me dan mucha vergüenza:

-Hablar con el profesor para decirle que tengo que salir antes y, por ende, salir antes. Y esto sí me da vergüenza.
-Correr por la calle para llegar pronto al otro curso, en la otra punta de Alicante. Me siento un poco pato y recuerdo aquellas sabias palabras de un compañero de la ESO: "Corres a cámara lenta". Si a esto le añado que hoy lloverá, porque el nubarrón color negro está justo encima de mi casa, más vergüenza por riesgo a caídas. Si prolongamos un poco más la hazaña, tendré que entrar al otro curso cuando ya esté empezado y todos sentados. Vergüenza de nuevo.


Para cuando estoy terminando este post, ya no queda nada del "michi michi", sino una buena tromba de agua que incluso impide que contemple a mi hortera vecino, clon de Melendi.
Para cuando estoy terminando este post, me doy cuenta de que me parezco a mi abuela. Empiezo a pensar en algo y acabo analizando tropecientas cosas más que quizá no tienen nada en común. Se me da que no veas irme por las ramas.

Categorías:

Madre no hay más que una

Al margen de la gran frase de mi abuela ("Ya os acordaréis de mí", y no podía tener más razón) cuando hacía su papel de segunda madre, permanentemente, lo cierto es que solemos ignorar los consejos o actitudes maternas. Cuando crecemos, cuando nos separamos medio milímetro de su abrazo a veces agobiante, nos damos cuenta de cuánta razón tenía nuestra madre: hay que limpiar las cosas porque se estropean, hay que recoger siempre porque luego se acumula, hay que vencer la pereza, hay que esforzarse, hay que ser así y asá...

Además, según parece, las mujeres tenemos un instinto maternal innato que, al margen de los hijos, tarda poco en despertarse. Prueba de ello es el amor protector a los hermanos pequeños y no tan pequeños, el mismo amor protector a los animales (aunque de todo existen excepciones) y, sobretodo, el amor protector a las parejas. No sé si esto será común a todas, porque siempre hay excepciones, pero lo cierto es que en mi caso es completamente aplicable: protejo a mis hermanas, aun siendo yo la pequeña, amo a los gatos en general y a mi gato en absoluto particular (de hecho, el otro día pasé uno de los mayores sustos con su escapada por las escaleras) y con mi eternidad...bueno, eso no tiene medida.

Intento no ser protectora con mi eternidad, pero lo cierto es que a veces me siento un poco "madre". Sólo un poco, porque sé que de sentirlo más puede convertirse en un problema serio, tanto para él como para mí. Pero sí es verdad que cuando le advierto de cosas y suceden finalmente, siempre pienso en el "pensamiento madre": te lo dije. Como es natural, no suele hacerme mucho caso cuando me pongo en ese plan aunque luego, como todos con quien nos aconseja, se de cuenta.
Por esto, cuando mi eternidad se pone enfermo, sufro bastante. Es curioso porque yo suelo ser más enfermiza y él no suele tener más que dolencias transitorias, pero a mí me da una cosa...que no puedo explicar.

Debe ser el instinto, porque "madre no hay más que una" y yo, de momento, no lo soy de nadie.

Categorías:

Sep. 16th, 2009

"En casa del herrero, cuchillo de palo". Este refrán, con sus miles de versiones sobre el instrumento en sí (cuchara, cuchillo...), ha sido uno de los más aplicables en la historia para mi familia.

Procedo de una familia en la que las carreras no-sanitarias brillan por su ausencia, salvo en dos casos: el mío y el de una de mis hermanas.
Así, es difícil que se le de importancia a una enfermedad de poca monta, tan difícil que a veces es algo más serio y se le sigue dando la misma poca importancia. De la misma forma, tal y como contaba de pequeña, era imposible fingir una enfermedad en los tiempos escolares: ya podías calentar el termómetro con un mechero, calentarte la frente con agua caliente, fingir náuseas y vómitos (mi madre, como buena CSI y madre, sabía de sobra cuándo habías vomitado y cuándo te lo estabas inventando para no ir a clase de mates), dolores de barriga o de dedo meñique del pie. Nunca, repito, nunca colaba. Y lo peor: si colaba, la frase "pues tómate una aspirina/manzanilla" estaba ya sobrevolando las cabezas.Frustrante como pocas cosas, hacía que en mi casa la picaresca fuera una ciencia en constante evolución.

Por esto mismo, con el paso de los años y como dice otro refrán ("De padres gatos, hijos michines"), mi persona admite que da poca, si no poquísima, importancia a las enfermedades transitorias. Los costipados son recibidos con humor, con cierto grado de estoicismo, como las gripes. Que todos, absolutamente todos, nos costipamos en mayor o menor grado en invierno, oiga.
Es por esto por lo que, a la machacona psicosis sobre la gripe A a la que ya nos tienen acostumbrados los medios, mi respuesta era la defensa de la propia gripe y las personas. Mola saber que la gripe "corriente y moliente" también mata a las personas y la conocida teoría de la agenda setting, por la que a veces no se le hace caso a cosas que pasan y otras veces, esas cosas no dejan de pasar buscando la paja en el ojo ajeno constantemente. Así que, como respuesta a la psicosis, la tranquilidad con precaución (eso siempre!), porque a mí me enseñaron hace ya mucho que me lave las manos varias veces al día, que me tape la boca cuando estornudo o toso y que no recicle los kleenex.

Pero pasa que un domingo cualquiera te sientas a leer el suplemento de un periódico de tirada nacional. En lugar de los reportajes breves, datos de compras y artículos de opinión, encuentras que hay un solo reportaje que ocupa todo el suplemento: cien preguntas y respuestas sobre la gripe A. Intentas no mirarlo, sabiendo que al final te asustarás. Pero, porca miseria, los suplementos son materiales que se releen miles de veces y, tarde o temprano, caes y lees: mil modelos de mascarillas, mil advertencias, miles de casos desglosados y con todo lujo de detalles (lo siento, no necesito saber qué tipo de esputo tenía una señora de X lugar), miles de experiencias de terror que te pueden pasar. Juro que jamás me habían asustado tanto con una enfermedad (que no tanto la enfermedad en sí) , hasta el punto de dejar de tomarme con humor mis costipados y medirme la temperatura cuando me noto la frente caliente.

Maldita sugestión, pienso, ya que siempre me habían dado mucha lástima las personas hipocondríacas.Y, afortunadamente, no he llegado ni mucho menos a tal punto...pero ahora ando con bastantes ojos. Y no me gusta, oye.

Y es ahora cuando mi odio al periodismo amarillo alcanza sus cotas más altas.

Categorías:

The final countdown...

Mi sorpresa está a punto de ser destapada.

Y esta tarde lluviosa, con unos cigarros, escribiendo y con algunas canciones de amor...

...me doy cuenta de lo fácil que es ser feliz con las pequeñas cosas.

Categorías: