Hace unos años, sentía opresión en mi pecho de la emoción al escuchar "Hasta siempre comandante", canción que repetía una y otra vez y que una y otra vez me provocaba esta sensación. Fue aquel un año de escaso éxito emocional, más bien fracasito anunciado, pero mucho crecimiento intelectual porque aprendí y quise aprender una auténtica barbaridad.
Fue así como aprendí toneladas de cosas acerca de otras culturas, otras políticas y otras formas de pensar. Si bien nunca he sido intolerante con prácticamente ninguna opción, lo cierto es que considero aquel año como el año del despertar y conocer. Valiéndome de mis medios, Internet y mi afición por los periódicos y la comparación entre ellos, intenté saber más de todo e, inevitablemente, acabé centrando mis mayores esfuerzos en aprender de lo absolutamente desconocido y estereotipado. A día de hoy, fue mi única y gran compensación de aquel año feo en el que me llevé tantas desilusiones como cosas aprendí. Por eso todos los que me conocen saben de mi amor por la cultura árabe en particular y de mis conocimientos de política internacional en general. Que no soy una erudita, lo sé de sobra. Pero que me interesé y aprendí por el mero hecho de desear hacerlo, también.
Como decía, ese año desarrollé un especial interés por las grandes "gestas" políticas y leyendas varias, ya que no todas las gestas son gestas en sí ni son tan épicas y positivas como muchos quieren venderlas. Y entre todas aquellas gestas, decidí aprender comparando fuentes dispares sobre la historia política de Latinoamérica y en concreto, sobre las grandes figuras de la revolución cubana. Me enamoré de Cuba casi tanto como de Palestina, país (y no territorio) al que viajaré alguna vez en mi vida cueste lo que cueste. Durante ese año, también viaje a República Dominicana, dándome cuenta de que mi resort no era nada representativo y pensando mucho, pero que mucho, en la suerte que tengo. Así, pude darme cuenta de que para conocer los sitios y su verdadera historia, hay que verlos por uno mismo.
Consecuentemente, el hecho de poder viajar a Cuba en diez días me da un subidón que no me lo creo. Aparte de poder verlo todo, tocarlo todo y aprender aún más, la idea de poder ver con mis propios ojos aquello de lo que tanto he leído me parece sublime. Pero lo mejor de todo es la compañía: la posibilidad de poder viajar con mi familia, costumbre aprendida, y mi eternidad a la vez, costumbre a la que empezaré a acostumbrarme en este viaje. Ansío un viaje en el que el lugar me llene intelectualmente y pase a ser otro elemento más de mi carro de recuerdos, mientras que me llene emocionalmente al ver cómo comparto mis viajes con mi eternidad a ojos de mi familia.
Consciente de que el viaje en sí es un esfuerzo para todos, le doy aún más valor y tengo más ganas. Sé que me costará acostumbrarme a tantas personas importantes juntas en un mismo sitio, a las opiniones políticas dispares que tendrán que chocar en conversaciones varias, a poder atenderlos a todos lo mejor posible.
Una de las cosas que más valoro en mi eternidad es su capacidad y su baja resistencia a estar con mi familia. Conscientes, tanto él como yo, de que yo vine en un pack y soy indivisible como los yogures, es más digno aún si cabe el admirar su facilidad de trato y lo agusto que me hace sentir y que parece sentirse cuando estamos con ellos. Sé que la familia es de uno para ese uno, pero "de otro" para el otro, por lo que me hace especialmente feliz el hecho de que él intente quererlos o que ya los quiera y consienta que comparta mi tiempo con él y con ellos a la vez. Adoro su facilidad para que los veamos, para que los tratemos, para que pasemos tiempo con ellos. Su forma de involucrarse en cuestiones familiares y tareas que no necesariamente le corresponden. Poco post queda para que diga todo aquello que, en referencia a mi familia, me hace adorar aún más a mi eternidad.
En resumidas cuentas, una gran tropa perteneciente a un grandísimo clan intentará viajar a Cuba en los próximos días y sacar lo mejor de la experiencia. Yo, aún en mi casa, ya estoy expectante por disfrutar de todos ellos en un mismo espacio y tiempo...
...porque un caribe navideño con los tuyos al completo sólo se vive una vez en la vida.
Fue así como aprendí toneladas de cosas acerca de otras culturas, otras políticas y otras formas de pensar. Si bien nunca he sido intolerante con prácticamente ninguna opción, lo cierto es que considero aquel año como el año del despertar y conocer. Valiéndome de mis medios, Internet y mi afición por los periódicos y la comparación entre ellos, intenté saber más de todo e, inevitablemente, acabé centrando mis mayores esfuerzos en aprender de lo absolutamente desconocido y estereotipado. A día de hoy, fue mi única y gran compensación de aquel año feo en el que me llevé tantas desilusiones como cosas aprendí. Por eso todos los que me conocen saben de mi amor por la cultura árabe en particular y de mis conocimientos de política internacional en general. Que no soy una erudita, lo sé de sobra. Pero que me interesé y aprendí por el mero hecho de desear hacerlo, también.
Como decía, ese año desarrollé un especial interés por las grandes "gestas" políticas y leyendas varias, ya que no todas las gestas son gestas en sí ni son tan épicas y positivas como muchos quieren venderlas. Y entre todas aquellas gestas, decidí aprender comparando fuentes dispares sobre la historia política de Latinoamérica y en concreto, sobre las grandes figuras de la revolución cubana. Me enamoré de Cuba casi tanto como de Palestina, país (y no territorio) al que viajaré alguna vez en mi vida cueste lo que cueste. Durante ese año, también viaje a República Dominicana, dándome cuenta de que mi resort no era nada representativo y pensando mucho, pero que mucho, en la suerte que tengo. Así, pude darme cuenta de que para conocer los sitios y su verdadera historia, hay que verlos por uno mismo.
Consecuentemente, el hecho de poder viajar a Cuba en diez días me da un subidón que no me lo creo. Aparte de poder verlo todo, tocarlo todo y aprender aún más, la idea de poder ver con mis propios ojos aquello de lo que tanto he leído me parece sublime. Pero lo mejor de todo es la compañía: la posibilidad de poder viajar con mi familia, costumbre aprendida, y mi eternidad a la vez, costumbre a la que empezaré a acostumbrarme en este viaje. Ansío un viaje en el que el lugar me llene intelectualmente y pase a ser otro elemento más de mi carro de recuerdos, mientras que me llene emocionalmente al ver cómo comparto mis viajes con mi eternidad a ojos de mi familia.
Consciente de que el viaje en sí es un esfuerzo para todos, le doy aún más valor y tengo más ganas. Sé que me costará acostumbrarme a tantas personas importantes juntas en un mismo sitio, a las opiniones políticas dispares que tendrán que chocar en conversaciones varias, a poder atenderlos a todos lo mejor posible.
Una de las cosas que más valoro en mi eternidad es su capacidad y su baja resistencia a estar con mi familia. Conscientes, tanto él como yo, de que yo vine en un pack y soy indivisible como los yogures, es más digno aún si cabe el admirar su facilidad de trato y lo agusto que me hace sentir y que parece sentirse cuando estamos con ellos. Sé que la familia es de uno para ese uno, pero "de otro" para el otro, por lo que me hace especialmente feliz el hecho de que él intente quererlos o que ya los quiera y consienta que comparta mi tiempo con él y con ellos a la vez. Adoro su facilidad para que los veamos, para que los tratemos, para que pasemos tiempo con ellos. Su forma de involucrarse en cuestiones familiares y tareas que no necesariamente le corresponden. Poco post queda para que diga todo aquello que, en referencia a mi familia, me hace adorar aún más a mi eternidad.
En resumidas cuentas, una gran tropa perteneciente a un grandísimo clan intentará viajar a Cuba en los próximos días y sacar lo mejor de la experiencia. Yo, aún en mi casa, ya estoy expectante por disfrutar de todos ellos en un mismo espacio y tiempo...
...porque un caribe navideño con los tuyos al completo sólo se vive una vez en la vida.
- Mood:
creative
Me autoflagelo pensando en cuán atrasada voy con el blog. Han sido muchos, muchísimos en realidad, los días que he querido escribir en el blog, los mismos que temas que me han inspirado para escribir. Pero lo cierto es que debería hacer caso a la máxima de mi madre - "Contra pereza, diligencia"- y ponerme a escribir cuando se me ocurre.
Uno de esos temas fue San Carlos. Día en el que, como en todos los demás, recordé a mis abuelos y vinieron a mi mente miles de imágenes y momentos con sólo mentarlos. ¿Qué lo hizo especial? Que en San Carlos nunca jamás pasaba nada malo y era más nuestro que el propio día de Navidad. Aquella mesa llena de comida, llena de esfuerzo de mi abuela y llena de gente. Todos los hermanos de mis abuelos, que sumaban más de doce en total, nosotros y ellos. Siempre, siempre, siempre ellos en mis recuerdos. Recuerdo sentirme importante porque era mi santo y recibía regalos. En aquella época, aún podía escoger el cuándo de mis regalos en tres momentos del año: mi santo, mi cumpleaños y Reyes. Recuerdo también el orgullo de llamarme como mi abuelo, aquella sensación de pertenencia a un grupo que me proporcionaba el compartir nombre con un alto porcentaje de mi familia. Me encantaba saber que esa tarde no iba a clase, y el momento más dulce llegaba a las tres de la tarde, cuando imaginaba a mis compañeros en el colegio mientras yo estaba con mi héroe.
Mi héroe...que siempre marcó los momentos importantes de mi vida. Puedo sentir aún esa sensación de abrazarlo y es algo en lo que últimamente pienso mucho. En realidad, es lo que más echo de menos desde que no está. Tocar su chaqueta verde de lana en invierno, los puños de su camisa almidonada hasta el extremo. Besarle y notar cada arruga, cada surco de su cara mientras le toco el pelo, aquellos "caracoles" o rizos que tenía en semejante melenón. Recuerdo su olor, sus orejas y su nariz heladas. Sus uñas de dragón, en punta porque redondas le parecían "de mariquita", sus manos huesudas llenas de manchas marrones. Puedo recordar todas y cada una de ellas porque siempre he adorado sus manos y su dicho de "manos frías, amor de un sólo día". Echo de menos abrazarlo, que me de ese poco de calor para pasar Noviembre y no pensar cada día en que no está. Echo de menos aquellos últimos momentos, en los que ya no estaba pero seguía estando allí, de otra forma, con nosotros, recibiendo todos los besos y abrazos que necesitábamos darle, nos viese desde donde nos viese.
Hace un par de días volví a ver la película de "¿Y tú quién eres?", de Antonio Mercero. A pesar de que en aquellos momentos mi héroe aún seguía con nosotros, recuerdo sentir un dolor más que fuerte. Dolor porque tienes el ligero presentimiento, tal y como ocurrió la noche antes de irse, de que se va a ir en breve. Dolor porque te sientes culpable de desear esa marcha. Dolor por querer aferrarte a algo que ya no está, algo que se le pareció pero que ni siquiera sabe qué fue ni qué es. Dolor porque quieres que se quede más tiempo, pero en cada segundo te duele más su estancia por él, por tí. Esta vez, la película no hizo tanta mella en mí, no me hizo sentir tanto dolor. Me dolió porque lo reconocí, tal y como me había pasado la primera vez, en todas las escenas y ahora ya no lo tenía. Pero ahora sonreía mientras lloraba, recordando todo aquello que fue y lo tranquilo que estaba cuando se alejó de nosotros. Sonreía pensando en lo agusto que estaría si me viese por un agujerito, llorando sin perder la sonrisa, recordando momentos más que felices. Momentos nuestros, de él y míos. Única y exclusivamente.
Mi madre siempre dice que yo le aporté a él tanto o más que él a mí. Si es así, no sé cómo ha podido ser. Nunca dejaré de darle las gracias por ser mi héroe desde el día que nací hasta el día que me muera.
Creo que nunca en mi vida he querido tanto a nadie como a mi abuelo. No de tal forma. Se encargó, desde que tengo uso de razón, de ser una referencia constante, para cada momento, acto y pensamiento. Lo consiguió y, hoy, dos años después de dejarnos, aún lo tengo en la cabeza cada día.
Uno de esos temas fue San Carlos. Día en el que, como en todos los demás, recordé a mis abuelos y vinieron a mi mente miles de imágenes y momentos con sólo mentarlos. ¿Qué lo hizo especial? Que en San Carlos nunca jamás pasaba nada malo y era más nuestro que el propio día de Navidad. Aquella mesa llena de comida, llena de esfuerzo de mi abuela y llena de gente. Todos los hermanos de mis abuelos, que sumaban más de doce en total, nosotros y ellos. Siempre, siempre, siempre ellos en mis recuerdos. Recuerdo sentirme importante porque era mi santo y recibía regalos. En aquella época, aún podía escoger el cuándo de mis regalos en tres momentos del año: mi santo, mi cumpleaños y Reyes. Recuerdo también el orgullo de llamarme como mi abuelo, aquella sensación de pertenencia a un grupo que me proporcionaba el compartir nombre con un alto porcentaje de mi familia. Me encantaba saber que esa tarde no iba a clase, y el momento más dulce llegaba a las tres de la tarde, cuando imaginaba a mis compañeros en el colegio mientras yo estaba con mi héroe.
Mi héroe...que siempre marcó los momentos importantes de mi vida. Puedo sentir aún esa sensación de abrazarlo y es algo en lo que últimamente pienso mucho. En realidad, es lo que más echo de menos desde que no está. Tocar su chaqueta verde de lana en invierno, los puños de su camisa almidonada hasta el extremo. Besarle y notar cada arruga, cada surco de su cara mientras le toco el pelo, aquellos "caracoles" o rizos que tenía en semejante melenón. Recuerdo su olor, sus orejas y su nariz heladas. Sus uñas de dragón, en punta porque redondas le parecían "de mariquita", sus manos huesudas llenas de manchas marrones. Puedo recordar todas y cada una de ellas porque siempre he adorado sus manos y su dicho de "manos frías, amor de un sólo día". Echo de menos abrazarlo, que me de ese poco de calor para pasar Noviembre y no pensar cada día en que no está. Echo de menos aquellos últimos momentos, en los que ya no estaba pero seguía estando allí, de otra forma, con nosotros, recibiendo todos los besos y abrazos que necesitábamos darle, nos viese desde donde nos viese.
Hace un par de días volví a ver la película de "¿Y tú quién eres?", de Antonio Mercero. A pesar de que en aquellos momentos mi héroe aún seguía con nosotros, recuerdo sentir un dolor más que fuerte. Dolor porque tienes el ligero presentimiento, tal y como ocurrió la noche antes de irse, de que se va a ir en breve. Dolor porque te sientes culpable de desear esa marcha. Dolor por querer aferrarte a algo que ya no está, algo que se le pareció pero que ni siquiera sabe qué fue ni qué es. Dolor porque quieres que se quede más tiempo, pero en cada segundo te duele más su estancia por él, por tí. Esta vez, la película no hizo tanta mella en mí, no me hizo sentir tanto dolor. Me dolió porque lo reconocí, tal y como me había pasado la primera vez, en todas las escenas y ahora ya no lo tenía. Pero ahora sonreía mientras lloraba, recordando todo aquello que fue y lo tranquilo que estaba cuando se alejó de nosotros. Sonreía pensando en lo agusto que estaría si me viese por un agujerito, llorando sin perder la sonrisa, recordando momentos más que felices. Momentos nuestros, de él y míos. Única y exclusivamente.
Mi madre siempre dice que yo le aporté a él tanto o más que él a mí. Si es así, no sé cómo ha podido ser. Nunca dejaré de darle las gracias por ser mi héroe desde el día que nací hasta el día que me muera.
Creo que nunca en mi vida he querido tanto a nadie como a mi abuelo. No de tal forma. Se encargó, desde que tengo uso de razón, de ser una referencia constante, para cada momento, acto y pensamiento. Lo consiguió y, hoy, dos años después de dejarnos, aún lo tengo en la cabeza cada día.
- Mood:
cheerful
Las ocho menos cuarto.
Ya queda menos. Tras unas cuantas horas de puesta a punto, tras muchas más de nervios y preparativos, repaso mentalmente para que no se me olvide nada. Monedero, cargador, dinero, tarjetas, calcetines y demás objetos que suelen olvidarse tras preparar con prisa y nervios las maletas. Repaso dejar el número de teléfono a mis compañeras, ambos números, en el mismo exacto sitio en el que siempre lo dejo. Por si las moscas, aunque nunca fuera necesario.
Abrigada como para el Polo Norte, bajo a la plaza y espero al bus. Sé, de buena tinta, que tardará bastante en llegar. Visto así, me quito una capa de ropa porque en Alicante no hace tanto frío. Me gusta oler, más bien apestar, a crema hidratante y colonia, a pelo limpio y a nervios. Enciendo mi Ipod, busco la canción exacta de la espera. Espero fumando, como he hecho todo el día tras haber comprado mi paquete alrededor de las seis.
El bus llega, y con él el conductor gordito y simpático que siempre me lleva a mis viajes. Sabe a dónde voy, estoy segura. Lo lee en mi sonrisa nerviosa, en mis ojos casi anegados de emoción, como antaño hiciera aquel señor en Renfe. Me recoloco los cascos del Ipod y busco entre mis canciones aquella que define el punto de partida de mis viajes, aquella que hace que me explote el pecho de emoción y una sonrisa "de borrego" de muestras a todo el mundo de lo enamorada que estoy. Tengo frío y las ventanas están empañadas, pero pego la nariz a ellas para poder ver a través y restar paradas de este itinerario, aumentando mi emoción con cada resta. Me desespero en la parada central mientras las canciones van sonando, una tras otra, en una lista de reproducción especial para estos casos. Los cinco minutos de parada se hacen eternos, pero me motiva saber que la siguiente es la mía, el último intermediario para la consecución de mi plan.
Llego al aeropuerto y corro como alma que lleva el diablo, aún sabiendo que tendré que esperar mucho tiempo porque, como siempre, he llegado demasiado pronto. "No podía estar más tiempo en casa desesperándome", pienso mientras me enciendo un cigarro en la puerta y maldigo la prohibición de fumar dentro del aeropuerto. Caladas rápidas, profundas y algunas dolorosas por la prisa, mientras empiezan a temblarme las manos, parte por el frío y parte por la emoción.
Cada paso, cada parada, cada sitio es uno menos con respecto a lo que me queda de camino. Por eso soy muy rápida facturando, y si no tengo que hacerlo mirando la puerta de embarque. Me fastidia ir en momentos de muchos vuelos porque no encuentro mi destino, pero al final lo veo: Madrid. Cuando llego al scanner de embarque, maldigo el momento en el que me he puesto seis chapas, un cinturón y un collar y conservo mis seis o siete pulseras, todas con algún trocito de metal. Pero da igual, porque la inmensa cola y el casi tener que desvestirme y vestirme de nuevo compensan pensando en todo aquello que vendrá al bajar del avión.
Conforme pasa el tiempo voy poniéndome más nerviosa, a pesar de que por la regularidad de mis viajes podría hacer el camino por el aeropuerto con los ojos cerrados. Me tenso al pensar en que aún me quedan al menos 30 minutos para embarcar, y después otros diez para que el avión arranque, una hora de vuelo y otros diez últimos minutos para recorrer la T4. Me siento, reenchufo mi Ipod de nuevo y me pongo alguna canción de salir con el objetivo de eliminar algo de tensión tamborileando con los dedos sobre la pierna, tensa y apoyada en la otra. Tengo calor, tengo frío, tengo nervios y una sonrisa de oreja a oreja que ya no pasa desapercibida para nadie.
Finalmente llaman a embarcar. Pese a que el aeropuerto es pequeño y me lo sé de memoria, me desespero y ando rápido para llegar a la puerta de embarque, siempre la última, como me pasa en Barajas (con la diferencia de que la T4 es cien veces el aeropuerto de l'Altet entero) cuando hago el camino a la inversa.
Entro, embarco y llego al avión. Intento sentarme en la ventana porque a esas horas no hay apenas gente. Me siento y empiezo a escuchar la música ambiental, casi fuera de mis casillas de la tensión, que tienen los aviones de Iberia. Una versión chill-out de una canción eternamente versionada: "You take my self, you take my self, you take mi self-control..."
Tras llegar a mi destino, correr por la T4 y salir por la puerta de "Llegadas", me entrego al juego que marca el inicio de mi visita: pasar, avergonzada, entre miles de ojos que esperan y buscar con los míos a alguien que sé que se ha escondido para reírse de mi vergüenza.
Cuando encuentro lo que busco, el monumental abrazo me enseña que todas y cada una de aquellas visitas no sólo merecieron la pena,
sino que a día de hoy, aún me emocionan.
Ya queda menos. Tras unas cuantas horas de puesta a punto, tras muchas más de nervios y preparativos, repaso mentalmente para que no se me olvide nada. Monedero, cargador, dinero, tarjetas, calcetines y demás objetos que suelen olvidarse tras preparar con prisa y nervios las maletas. Repaso dejar el número de teléfono a mis compañeras, ambos números, en el mismo exacto sitio en el que siempre lo dejo. Por si las moscas, aunque nunca fuera necesario.
Abrigada como para el Polo Norte, bajo a la plaza y espero al bus. Sé, de buena tinta, que tardará bastante en llegar. Visto así, me quito una capa de ropa porque en Alicante no hace tanto frío. Me gusta oler, más bien apestar, a crema hidratante y colonia, a pelo limpio y a nervios. Enciendo mi Ipod, busco la canción exacta de la espera. Espero fumando, como he hecho todo el día tras haber comprado mi paquete alrededor de las seis.
El bus llega, y con él el conductor gordito y simpático que siempre me lleva a mis viajes. Sabe a dónde voy, estoy segura. Lo lee en mi sonrisa nerviosa, en mis ojos casi anegados de emoción, como antaño hiciera aquel señor en Renfe. Me recoloco los cascos del Ipod y busco entre mis canciones aquella que define el punto de partida de mis viajes, aquella que hace que me explote el pecho de emoción y una sonrisa "de borrego" de muestras a todo el mundo de lo enamorada que estoy. Tengo frío y las ventanas están empañadas, pero pego la nariz a ellas para poder ver a través y restar paradas de este itinerario, aumentando mi emoción con cada resta. Me desespero en la parada central mientras las canciones van sonando, una tras otra, en una lista de reproducción especial para estos casos. Los cinco minutos de parada se hacen eternos, pero me motiva saber que la siguiente es la mía, el último intermediario para la consecución de mi plan.
Llego al aeropuerto y corro como alma que lleva el diablo, aún sabiendo que tendré que esperar mucho tiempo porque, como siempre, he llegado demasiado pronto. "No podía estar más tiempo en casa desesperándome", pienso mientras me enciendo un cigarro en la puerta y maldigo la prohibición de fumar dentro del aeropuerto. Caladas rápidas, profundas y algunas dolorosas por la prisa, mientras empiezan a temblarme las manos, parte por el frío y parte por la emoción.
Cada paso, cada parada, cada sitio es uno menos con respecto a lo que me queda de camino. Por eso soy muy rápida facturando, y si no tengo que hacerlo mirando la puerta de embarque. Me fastidia ir en momentos de muchos vuelos porque no encuentro mi destino, pero al final lo veo: Madrid. Cuando llego al scanner de embarque, maldigo el momento en el que me he puesto seis chapas, un cinturón y un collar y conservo mis seis o siete pulseras, todas con algún trocito de metal. Pero da igual, porque la inmensa cola y el casi tener que desvestirme y vestirme de nuevo compensan pensando en todo aquello que vendrá al bajar del avión.
Conforme pasa el tiempo voy poniéndome más nerviosa, a pesar de que por la regularidad de mis viajes podría hacer el camino por el aeropuerto con los ojos cerrados. Me tenso al pensar en que aún me quedan al menos 30 minutos para embarcar, y después otros diez para que el avión arranque, una hora de vuelo y otros diez últimos minutos para recorrer la T4. Me siento, reenchufo mi Ipod de nuevo y me pongo alguna canción de salir con el objetivo de eliminar algo de tensión tamborileando con los dedos sobre la pierna, tensa y apoyada en la otra. Tengo calor, tengo frío, tengo nervios y una sonrisa de oreja a oreja que ya no pasa desapercibida para nadie.
Finalmente llaman a embarcar. Pese a que el aeropuerto es pequeño y me lo sé de memoria, me desespero y ando rápido para llegar a la puerta de embarque, siempre la última, como me pasa en Barajas (con la diferencia de que la T4 es cien veces el aeropuerto de l'Altet entero) cuando hago el camino a la inversa.
Entro, embarco y llego al avión. Intento sentarme en la ventana porque a esas horas no hay apenas gente. Me siento y empiezo a escuchar la música ambiental, casi fuera de mis casillas de la tensión, que tienen los aviones de Iberia. Una versión chill-out de una canción eternamente versionada: "You take my self, you take my self, you take mi self-control..."
Tras llegar a mi destino, correr por la T4 y salir por la puerta de "Llegadas", me entrego al juego que marca el inicio de mi visita: pasar, avergonzada, entre miles de ojos que esperan y buscar con los míos a alguien que sé que se ha escondido para reírse de mi vergüenza.
Cuando encuentro lo que busco, el monumental abrazo me enseña que todas y cada una de aquellas visitas no sólo merecieron la pena,
sino que a día de hoy, aún me emocionan.
- Mood:
satisfied
Cuando mi abuela decía que chispeaba, o que caía el conocido "calabobos", decía que llovía "michi michi". Ni preguntéis por qué, pero mi abuela era todo un diccionario, un refranero y un diario de costumbres. Gran sabia, solía mantenerse en un segundo plano en el que nunca le importó estar. Tras mi abuelo pero manejando, haciendo como que no. Esa fue una de las virtudes que tenía y que más alabamos en mi casa, además de valorar que, desde la semioscuridad, siempre supo qué decir, qué hacer y cómo orientar a los que, sin necesidad de sangre, éramos considerados como sus hijos.
Sí, porque aunque ella tuvo dos en realidad, amplió su amor maternal a muchos más, incluyendo en ellos a mi madre, su nuera, y a nosotras, sus nietas. Siempre se comportó como una segunda madre y, de haber perdido yo a la mía, estoy segura de que hubiera sabido llevarnos bien y cumplir con su cometido. Afortunadamente, he podido disfrutar de las dos juntas durante veintidós años de mi vida, teniendo ahora sólo a mi madre, para la que siempre sobrarán las palabras, porque "madre no hay más que una". Por eso me hace especial gracia mirar a la ventana y tener pensamientos antagónicos: desde un "mecague'n, hoy también me mojo" acompañado de una mueca a "michi michi", acordándome de mi abuela y, como siempre, con una sonrisa de oreja a oreja.
El pensamiento negativo viene a cuento, pues, porque esta tarde empiezo un curso y se me solapa con otro. Otro del cual, sin ánimo de ofender, estoy ya algo cansada. Más que nada por el horario, más que nada porque hay alguien a quien le tengo manía y así soy yo, cuando tengo manía la tengo hasta el final, salvo sorpresas inesperadas. El caso es que el que empiezo esta tarde me apetece un montón, porque me da la sensación de no estar parada al ser cuatro horas diarias hasta Marzo. Yo es que si no puedo consolarme con algo, siempre encuentro otra visión consoladora. También porque aprenderé cosas jamás aprendidas, como ilustración. (ooooh)
Peeeero...hasta el Miércoles tendré que ser Flash (que no el de Adobe) y hacer dos cosas que no me gustan y me dan mucha vergüenza:
-Hablar con el profesor para decirle que tengo que salir antes y, por ende, salir antes. Y esto sí me da vergüenza.
-Correr por la calle para llegar pronto al otro curso, en la otra punta de Alicante. Me siento un poco pato y recuerdo aquellas sabias palabras de un compañero de la ESO: "Corres a cámara lenta". Si a esto le añado que hoy lloverá, porque el nubarrón color negro está justo encima de mi casa, más vergüenza por riesgo a caídas. Si prolongamos un poco más la hazaña, tendré que entrar al otro curso cuando ya esté empezado y todos sentados. Vergüenza de nuevo.
Para cuando estoy terminando este post, ya no queda nada del "michi michi", sino una buena tromba de agua que incluso impide que contemple a mi hortera vecino, clon de Melendi.
Para cuando estoy terminando este post, me doy cuenta de que me parezco a mi abuela. Empiezo a pensar en algo y acabo analizando tropecientas cosas más que quizá no tienen nada en común. Se me da que no veas irme por las ramas.
Sí, porque aunque ella tuvo dos en realidad, amplió su amor maternal a muchos más, incluyendo en ellos a mi madre, su nuera, y a nosotras, sus nietas. Siempre se comportó como una segunda madre y, de haber perdido yo a la mía, estoy segura de que hubiera sabido llevarnos bien y cumplir con su cometido. Afortunadamente, he podido disfrutar de las dos juntas durante veintidós años de mi vida, teniendo ahora sólo a mi madre, para la que siempre sobrarán las palabras, porque "madre no hay más que una". Por eso me hace especial gracia mirar a la ventana y tener pensamientos antagónicos: desde un "mecague'n, hoy también me mojo" acompañado de una mueca a "michi michi", acordándome de mi abuela y, como siempre, con una sonrisa de oreja a oreja.
El pensamiento negativo viene a cuento, pues, porque esta tarde empiezo un curso y se me solapa con otro. Otro del cual, sin ánimo de ofender, estoy ya algo cansada. Más que nada por el horario, más que nada porque hay alguien a quien le tengo manía y así soy yo, cuando tengo manía la tengo hasta el final, salvo sorpresas inesperadas. El caso es que el que empiezo esta tarde me apetece un montón, porque me da la sensación de no estar parada al ser cuatro horas diarias hasta Marzo. Yo es que si no puedo consolarme con algo, siempre encuentro otra visión consoladora. También porque aprenderé cosas jamás aprendidas, como ilustración. (ooooh)
Peeeero...hasta el Miércoles tendré que ser Flash (que no el de Adobe) y hacer dos cosas que no me gustan y me dan mucha vergüenza:
-Hablar con el profesor para decirle que tengo que salir antes y, por ende, salir antes. Y esto sí me da vergüenza.
-Correr por la calle para llegar pronto al otro curso, en la otra punta de Alicante. Me siento un poco pato y recuerdo aquellas sabias palabras de un compañero de la ESO: "Corres a cámara lenta". Si a esto le añado que hoy lloverá, porque el nubarrón color negro está justo encima de mi casa, más vergüenza por riesgo a caídas. Si prolongamos un poco más la hazaña, tendré que entrar al otro curso cuando ya esté empezado y todos sentados. Vergüenza de nuevo.
Para cuando estoy terminando este post, ya no queda nada del "michi michi", sino una buena tromba de agua que incluso impide que contemple a mi hortera vecino, clon de Melendi.
Para cuando estoy terminando este post, me doy cuenta de que me parezco a mi abuela. Empiezo a pensar en algo y acabo analizando tropecientas cosas más que quizá no tienen nada en común. Se me da que no veas irme por las ramas.
- Mood:
touched
Al margen de la gran frase de mi abuela ("Ya os acordaréis de mí", y no podía tener más razón) cuando hacía su papel de segunda madre, permanentemente, lo cierto es que solemos ignorar los consejos o actitudes maternas. Cuando crecemos, cuando nos separamos medio milímetro de su abrazo a veces agobiante, nos damos cuenta de cuánta razón tenía nuestra madre: hay que limpiar las cosas porque se estropean, hay que recoger siempre porque luego se acumula, hay que vencer la pereza, hay que esforzarse, hay que ser así y asá...
Además, según parece, las mujeres tenemos un instinto maternal innato que, al margen de los hijos, tarda poco en despertarse. Prueba de ello es el amor protector a los hermanos pequeños y no tan pequeños, el mismo amor protector a los animales (aunque de todo existen excepciones) y, sobretodo, el amor protector a las parejas. No sé si esto será común a todas, porque siempre hay excepciones, pero lo cierto es que en mi caso es completamente aplicable: protejo a mis hermanas, aun siendo yo la pequeña, amo a los gatos en general y a mi gato en absoluto particular (de hecho, el otro día pasé uno de los mayores sustos con su escapada por las escaleras) y con mi eternidad...bueno, eso no tiene medida.
Intento no ser protectora con mi eternidad, pero lo cierto es que a veces me siento un poco "madre". Sólo un poco, porque sé que de sentirlo más puede convertirse en un problema serio, tanto para él como para mí. Pero sí es verdad que cuando le advierto de cosas y suceden finalmente, siempre pienso en el "pensamiento madre": te lo dije. Como es natural, no suele hacerme mucho caso cuando me pongo en ese plan aunque luego, como todos con quien nos aconseja, se de cuenta.
Por esto, cuando mi eternidad se pone enfermo, sufro bastante. Es curioso porque yo suelo ser más enfermiza y él no suele tener más que dolencias transitorias, pero a mí me da una cosa...que no puedo explicar.
Debe ser el instinto, porque "madre no hay más que una" y yo, de momento, no lo soy de nadie.
Además, según parece, las mujeres tenemos un instinto maternal innato que, al margen de los hijos, tarda poco en despertarse. Prueba de ello es el amor protector a los hermanos pequeños y no tan pequeños, el mismo amor protector a los animales (aunque de todo existen excepciones) y, sobretodo, el amor protector a las parejas. No sé si esto será común a todas, porque siempre hay excepciones, pero lo cierto es que en mi caso es completamente aplicable: protejo a mis hermanas, aun siendo yo la pequeña, amo a los gatos en general y a mi gato en absoluto particular (de hecho, el otro día pasé uno de los mayores sustos con su escapada por las escaleras) y con mi eternidad...bueno, eso no tiene medida.
Intento no ser protectora con mi eternidad, pero lo cierto es que a veces me siento un poco "madre". Sólo un poco, porque sé que de sentirlo más puede convertirse en un problema serio, tanto para él como para mí. Pero sí es verdad que cuando le advierto de cosas y suceden finalmente, siempre pienso en el "pensamiento madre": te lo dije. Como es natural, no suele hacerme mucho caso cuando me pongo en ese plan aunque luego, como todos con quien nos aconseja, se de cuenta.
Por esto, cuando mi eternidad se pone enfermo, sufro bastante. Es curioso porque yo suelo ser más enfermiza y él no suele tener más que dolencias transitorias, pero a mí me da una cosa...que no puedo explicar.
Debe ser el instinto, porque "madre no hay más que una" y yo, de momento, no lo soy de nadie.
- Mood:
loved
"En casa del herrero, cuchillo de palo". Este refrán, con sus miles de versiones sobre el instrumento en sí (cuchara, cuchillo...), ha sido uno de los más aplicables en la historia para mi familia.
Procedo de una familia en la que las carreras no-sanitarias brillan por su ausencia, salvo en dos casos: el mío y el de una de mis hermanas.
Así, es difícil que se le de importancia a una enfermedad de poca monta, tan difícil que a veces es algo más serio y se le sigue dando la misma poca importancia. De la misma forma, tal y como contaba de pequeña, era imposible fingir una enfermedad en los tiempos escolares: ya podías calentar el termómetro con un mechero, calentarte la frente con agua caliente, fingir náuseas y vómitos (mi madre, como buena CSI y madre, sabía de sobra cuándo habías vomitado y cuándo te lo estabas inventando para no ir a clase de mates), dolores de barriga o de dedo meñique del pie. Nunca, repito, nunca colaba. Y lo peor: si colaba, la frase "pues tómate una aspirina/manzanilla" estaba ya sobrevolando las cabezas.Frustrante como pocas cosas, hacía que en mi casa la picaresca fuera una ciencia en constante evolución.
Por esto mismo, con el paso de los años y como dice otro refrán ("De padres gatos, hijos michines"), mi persona admite que da poca, si no poquísima, importancia a las enfermedades transitorias. Los costipados son recibidos con humor, con cierto grado de estoicismo, como las gripes. Que todos, absolutamente todos, nos costipamos en mayor o menor grado en invierno, oiga.
Es por esto por lo que, a la machacona psicosis sobre la gripe A a la que ya nos tienen acostumbrados los medios, mi respuesta era la defensa de la propia gripe y las personas. Mola saber que la gripe "corriente y moliente" también mata a las personas y la conocida teoría de la agenda setting, por la que a veces no se le hace caso a cosas que pasan y otras veces, esas cosas no dejan de pasar buscando la paja en el ojo ajeno constantemente. Así que, como respuesta a la psicosis, la tranquilidad con precaución (eso siempre!), porque a mí me enseñaron hace ya mucho que me lave las manos varias veces al día, que me tape la boca cuando estornudo o toso y que no recicle los kleenex.
Pero pasa que un domingo cualquiera te sientas a leer el suplemento de un periódico de tirada nacional. En lugar de los reportajes breves, datos de compras y artículos de opinión, encuentras que hay un solo reportaje que ocupa todo el suplemento: cien preguntas y respuestas sobre la gripe A. Intentas no mirarlo, sabiendo que al final te asustarás. Pero, porca miseria, los suplementos son materiales que se releen miles de veces y, tarde o temprano, caes y lees: mil modelos de mascarillas, mil advertencias, miles de casos desglosados y con todo lujo de detalles (lo siento, no necesito saber qué tipo de esputo tenía una señora de X lugar), miles de experiencias de terror que te pueden pasar. Juro que jamás me habían asustado tanto con una enfermedad (que no tanto la enfermedad en sí) , hasta el punto de dejar de tomarme con humor mis costipados y medirme la temperatura cuando me noto la frente caliente.
Maldita sugestión, pienso, ya que siempre me habían dado mucha lástima las personas hipocondríacas.Y, afortunadamente, no he llegado ni mucho menos a tal punto...pero ahora ando con bastantes ojos. Y no me gusta, oye.
Y es ahora cuando mi odio al periodismo amarillo alcanza sus cotas más altas.
Procedo de una familia en la que las carreras no-sanitarias brillan por su ausencia, salvo en dos casos: el mío y el de una de mis hermanas.
Así, es difícil que se le de importancia a una enfermedad de poca monta, tan difícil que a veces es algo más serio y se le sigue dando la misma poca importancia. De la misma forma, tal y como contaba de pequeña, era imposible fingir una enfermedad en los tiempos escolares: ya podías calentar el termómetro con un mechero, calentarte la frente con agua caliente, fingir náuseas y vómitos (mi madre, como buena CSI y madre, sabía de sobra cuándo habías vomitado y cuándo te lo estabas inventando para no ir a clase de mates), dolores de barriga o de dedo meñique del pie. Nunca, repito, nunca colaba. Y lo peor: si colaba, la frase "pues tómate una aspirina/manzanilla" estaba ya sobrevolando las cabezas.Frustrante como pocas cosas, hacía que en mi casa la picaresca fuera una ciencia en constante evolución.
Por esto mismo, con el paso de los años y como dice otro refrán ("De padres gatos, hijos michines"), mi persona admite que da poca, si no poquísima, importancia a las enfermedades transitorias. Los costipados son recibidos con humor, con cierto grado de estoicismo, como las gripes. Que todos, absolutamente todos, nos costipamos en mayor o menor grado en invierno, oiga.
Es por esto por lo que, a la machacona psicosis sobre la gripe A a la que ya nos tienen acostumbrados los medios, mi respuesta era la defensa de la propia gripe y las personas. Mola saber que la gripe "corriente y moliente" también mata a las personas y la conocida teoría de la agenda setting, por la que a veces no se le hace caso a cosas que pasan y otras veces, esas cosas no dejan de pasar buscando la paja en el ojo ajeno constantemente. Así que, como respuesta a la psicosis, la tranquilidad con precaución (eso siempre!), porque a mí me enseñaron hace ya mucho que me lave las manos varias veces al día, que me tape la boca cuando estornudo o toso y que no recicle los kleenex.
Pero pasa que un domingo cualquiera te sientas a leer el suplemento de un periódico de tirada nacional. En lugar de los reportajes breves, datos de compras y artículos de opinión, encuentras que hay un solo reportaje que ocupa todo el suplemento: cien preguntas y respuestas sobre la gripe A. Intentas no mirarlo, sabiendo que al final te asustarás. Pero, porca miseria, los suplementos son materiales que se releen miles de veces y, tarde o temprano, caes y lees: mil modelos de mascarillas, mil advertencias, miles de casos desglosados y con todo lujo de detalles (lo siento, no necesito saber qué tipo de esputo tenía una señora de X lugar), miles de experiencias de terror que te pueden pasar. Juro que jamás me habían asustado tanto con una enfermedad (que no tanto la enfermedad en sí) , hasta el punto de dejar de tomarme con humor mis costipados y medirme la temperatura cuando me noto la frente caliente.
Maldita sugestión, pienso, ya que siempre me habían dado mucha lástima las personas hipocondríacas.Y, afortunadamente, no he llegado ni mucho menos a tal punto...pero ahora ando con bastantes ojos. Y no me gusta, oye.
Y es ahora cuando mi odio al periodismo amarillo alcanza sus cotas más altas.
- Mood:
intimidated
Mi sorpresa está a punto de ser destapada.
Y esta tarde lluviosa, con unos cigarros, escribiendo y con algunas canciones de amor...
...me doy cuenta de lo fácil que es ser feliz con las pequeñas cosas.
Y esta tarde lluviosa, con unos cigarros, escribiendo y con algunas canciones de amor...
...me doy cuenta de lo fácil que es ser feliz con las pequeñas cosas.
- Mood:
anxious
Cómo me gusta preparar sorpresas...
¿Habrá alguna profesión de "sorpresera" u "organizaplanes"?
En breve, noticias.
P.D: Por si a alguien no le había quedado claro, hoy mi eternidad me ha demostrado, una vez más, que es un crack en todo lo que se propone. Henchida de orgullo me hallo, oiga.
¿Habrá alguna profesión de "sorpresera" u "organizaplanes"?
En breve, noticias.
P.D: Por si a alguien no le había quedado claro, hoy mi eternidad me ha demostrado, una vez más, que es un crack en todo lo que se propone. Henchida de orgullo me hallo, oiga.
- Mood:
anxious
Mi gata Tara, que cuenta con 13 años a sus espaldas, es una de esas mascotas absolutamente privilegiadas. Tiene la suerte de que nosotros tenemos la suerte de tener una segunda residencia, que utilizamos en verano. Tras 9 meses en un piso, llega la época estival y Tara veranea con nosotros, en una casa con las ventanas permanentemente abiertas y un jardín de buen tamaño, para que "trisque" por ahí sin riesgo alguno, recordando su escaso tiempo de gatuno salvaje. Sabemos que sabe cuándo vamos a irnos, porque percibe el movimiento de maletas, bolsas, la forma de recoger la casa y sus cosas propias. Sabemos que es tan feliz durante el verano como triste se pone al percibir, de nuevo, que nos volvemos. Huye, se esconde, remolonea y no permite que acortemos el tiempo de salida. Es absolutamente feliz en vacaciones, disponiendo de todo lo habitual (absoluto cuidado, comida, mimos y todo lo que incluso no necesita) y con el aliciente del exterior, del sol y de las plantas. Cuando por fin logramos meterla en el coche y llevarla a casa, vemos que al dormir sonríe. Y nos gusta pensar que está soñando con su amada Santa Pola (sí, en mi casa hay muchos enamorados fieles de Santa Pola), con sus carreras y con su peculiar forma de defender la casa bufando a otros gatos. Eso sí, sin llegar a las patas, que Tara es demasiado fina.
Es por esto que, cuando la gente afirma rotundamente que los gatos no piensan, yo lo dudo. Quizá no sea como nosotros, quizá no tienen el suficiente intelecto como para razonar lo que es un recuerdo y lo que es un instinto. A mí, sin embargo, me gusta pensar que nos conocen tanto que no les hace falta separar un recuerdo de una simple costumbre.
Y todo esto viene a colación por Mao, mi gato adoptado. Hace ya 8 meses que está con nosotros y parece que lleve toda la vida conmigo. O al menos esa es la sensación que me da. Mientras en verano yo estoy fuera, con Tara, él está con mi compañera de piso, que lo trata como yo, como si fuera el hijo que aún no hemos tenido. Sin embargo, pese a que la adora con auténtica devoción, cuando yo llego al piso tras dos meses, actúa conmigo como si realmente me hubiera echado de menos. Y sí, aunque suene mal, soy su preferida y él da muestras de ello.
Por esto me pregunto si Mao tiene memoria, si recuerda tan bien como yo el momento en que nos vimos en la puerta del bar, bajo de mi casa. Recuerdo nítidamente el momento de verlo, el momento fatal en que me miró y ya supe que se quedaría conmigo para siempre. No sé si recuerda los primeros días, mis intensos cuidados y sus tratamientos. Me pregunto si sabe que para mí fue amor a primera vista y que cada vez que me voy de casa lo echo de menos. Sí, quiero a mi gato como si llevara 20 años conmigo. Sí, adoro a los gatos. Y sí, soy de las que piensa que las personas que tratan mal a los animales son malas personas.
Si es que él no lo recuerda, entonces no entiendo el por qué de su amor constante, de sus mimos y de su preferencia absoluta para dormir conmigo, enroscado como un visón en mi pie o con la cabeza apoyada en la almohada, donde yo también apoyo la mía. Cuando ve que mi eternidad no está, decide sustituirlo en la almohada y se duerme tocándome la cabeza con una pata. Y cuando me levanto, o me despierto, me doy cuenta de que nunca he hecho mejor cosa que recogerlo de la calle.
Y seguro que él también opina lo mismo.
Es por esto que, cuando la gente afirma rotundamente que los gatos no piensan, yo lo dudo. Quizá no sea como nosotros, quizá no tienen el suficiente intelecto como para razonar lo que es un recuerdo y lo que es un instinto. A mí, sin embargo, me gusta pensar que nos conocen tanto que no les hace falta separar un recuerdo de una simple costumbre.
Y todo esto viene a colación por Mao, mi gato adoptado. Hace ya 8 meses que está con nosotros y parece que lleve toda la vida conmigo. O al menos esa es la sensación que me da. Mientras en verano yo estoy fuera, con Tara, él está con mi compañera de piso, que lo trata como yo, como si fuera el hijo que aún no hemos tenido. Sin embargo, pese a que la adora con auténtica devoción, cuando yo llego al piso tras dos meses, actúa conmigo como si realmente me hubiera echado de menos. Y sí, aunque suene mal, soy su preferida y él da muestras de ello.
Por esto me pregunto si Mao tiene memoria, si recuerda tan bien como yo el momento en que nos vimos en la puerta del bar, bajo de mi casa. Recuerdo nítidamente el momento de verlo, el momento fatal en que me miró y ya supe que se quedaría conmigo para siempre. No sé si recuerda los primeros días, mis intensos cuidados y sus tratamientos. Me pregunto si sabe que para mí fue amor a primera vista y que cada vez que me voy de casa lo echo de menos. Sí, quiero a mi gato como si llevara 20 años conmigo. Sí, adoro a los gatos. Y sí, soy de las que piensa que las personas que tratan mal a los animales son malas personas.
Si es que él no lo recuerda, entonces no entiendo el por qué de su amor constante, de sus mimos y de su preferencia absoluta para dormir conmigo, enroscado como un visón en mi pie o con la cabeza apoyada en la almohada, donde yo también apoyo la mía. Cuando ve que mi eternidad no está, decide sustituirlo en la almohada y se duerme tocándome la cabeza con una pata. Y cuando me levanto, o me despierto, me doy cuenta de que nunca he hecho mejor cosa que recogerlo de la calle.
Y seguro que él también opina lo mismo.
- Mood:
loved
Hoy, tras una sesión de cine frustrada por falta de información, por fin vamos a ver UP, la nueva peli de Pixar.
Me gusta el cine de Santa Pola porque es pequeño, porque me compro kilos de gominolas y porque me gusta la sensación de vivir cerca del cine. Además, nunca está abarrotado (salvo el día que vi Wall-e) y el precio no es excesivo. En verano, mi eternidad y yo aprovechamos para ver pelis de temáticas inicialmente infantiles: Wall-e, Kung Fu Panda y, hoy, Up.
Pero no es mi amor por el cine lo que me trae hoy por aquí. Es el continuo agradecimiento a la vida por haber pasado ya de la pubertad y la tontería, además de haber estado, afortunadamente, bien acompañada en estas épocas pasadas. Desde luego, mucha fuerza de voluntad habría tenido que tener si mi adolescencia fuera ahora, para no ser completamente gilipollas. Lo siento mucho, pero estoy convencida de lo que digo. Más allá de la tontería propia de esa edad, que es inevitable, ahora es imposible o dificilísimo ser adolescente y pensar de forma madura. Ya no madura, sino buena. Es decir, fomentando valores como el respeto a las personas, como mínimo valor de la vida.
Aclaro, antes de nada, que no soy feminista. Para nada.
Todo esto surge a colación de que me planteo la eficacia o el por qué de un Ministerio de Igualdad, el esfuerzo de las personas por reconocer las igualdades de la mujer y el hombre, la necesidad de respeto a ambos, la eliminación de tópicos...todo ello, para qué sirve si luego vas a ver la cartelera de un cine y como cartel principal sale esto:

Y no me refiero al juego (que me recuerda al ruborizado "jajaja culo, ha dicho culo!") con la imagen del indicador de velocidad y el símil con el pene. Por otra parte, podría estar mejor hecha la gracia acercando más el personaje al indicador. Ya que haces una pifia, hazla bien. Tampoco al "En qué coño piensas, tío?". Cuestión de utilidad de horarios infantiles y educación para que esto sea visible en todas partes.
Me refiero, básicamente, a la presentación de los personajes. Ellos, "El manitas" y "El killer" (este sí que me ha "matao" completamente), se supone que guays, enrollados, divertidos y como no, ejemplos a seguir. Imagino que se llaman así por dos razones: O no se comen un torrao o se comen todo lo que encuentren, desesperación implícita. Mientras tanto, ellas son "La loba" (imagino que porque triunfa con el sexo opuesto y como es una tía, es decir putón finamente) y, la mejor de todas, "La zorra". Es aquí donde me quedo sin palabras.
Y el argumento, después de todo, sigue siendo tan peor como otras películas americanas malas para adolescentes, pero con carteles algo más respetuosos: "El joven Ian Lafferty, junto a sus mejores amigos Lance y Felicia, emprende un viaje de costa a costa para perder su virginidad con una ardiente muchachita que conoció a través de Internet. Pero el viaje, cargado de desopilantes desaventuras y escabrosas correrías, resulta ser una experiencia crucial, en la que todo lo que él creía saber sobre la vida, resulta ser diferente."
Sin querer entrar en la discusión sobre banalizar el sexo ni marcarme un speech sobre lo que considero debería potenciarse a determinadas edades, pienso que la sociedad está llena de incoherencias. Como diría el refrán, "Mucho ruido y pocas nueces", porque de nada sirve esforzarse de boquilla, mientras se consienten cosas como estas.
Me gusta el cine de Santa Pola porque es pequeño, porque me compro kilos de gominolas y porque me gusta la sensación de vivir cerca del cine. Además, nunca está abarrotado (salvo el día que vi Wall-e) y el precio no es excesivo. En verano, mi eternidad y yo aprovechamos para ver pelis de temáticas inicialmente infantiles: Wall-e, Kung Fu Panda y, hoy, Up.
Pero no es mi amor por el cine lo que me trae hoy por aquí. Es el continuo agradecimiento a la vida por haber pasado ya de la pubertad y la tontería, además de haber estado, afortunadamente, bien acompañada en estas épocas pasadas. Desde luego, mucha fuerza de voluntad habría tenido que tener si mi adolescencia fuera ahora, para no ser completamente gilipollas. Lo siento mucho, pero estoy convencida de lo que digo. Más allá de la tontería propia de esa edad, que es inevitable, ahora es imposible o dificilísimo ser adolescente y pensar de forma madura. Ya no madura, sino buena. Es decir, fomentando valores como el respeto a las personas, como mínimo valor de la vida.
Aclaro, antes de nada, que no soy feminista. Para nada.
Todo esto surge a colación de que me planteo la eficacia o el por qué de un Ministerio de Igualdad, el esfuerzo de las personas por reconocer las igualdades de la mujer y el hombre, la necesidad de respeto a ambos, la eliminación de tópicos...todo ello, para qué sirve si luego vas a ver la cartelera de un cine y como cartel principal sale esto:
Y no me refiero al juego (que me recuerda al ruborizado "jajaja culo, ha dicho culo!") con la imagen del indicador de velocidad y el símil con el pene. Por otra parte, podría estar mejor hecha la gracia acercando más el personaje al indicador. Ya que haces una pifia, hazla bien. Tampoco al "En qué coño piensas, tío?". Cuestión de utilidad de horarios infantiles y educación para que esto sea visible en todas partes.
Me refiero, básicamente, a la presentación de los personajes. Ellos, "El manitas" y "El killer" (este sí que me ha "matao" completamente), se supone que guays, enrollados, divertidos y como no, ejemplos a seguir. Imagino que se llaman así por dos razones: O no se comen un torrao o se comen todo lo que encuentren, desesperación implícita. Mientras tanto, ellas son "La loba" (imagino que porque triunfa con el sexo opuesto y como es una tía, es decir putón finamente) y, la mejor de todas, "La zorra". Es aquí donde me quedo sin palabras.
Y el argumento, después de todo, sigue siendo tan peor como otras películas americanas malas para adolescentes, pero con carteles algo más respetuosos: "El joven Ian Lafferty, junto a sus mejores amigos Lance y Felicia, emprende un viaje de costa a costa para perder su virginidad con una ardiente muchachita que conoció a través de Internet. Pero el viaje, cargado de desopilantes desaventuras y escabrosas correrías, resulta ser una experiencia crucial, en la que todo lo que él creía saber sobre la vida, resulta ser diferente."
Sin querer entrar en la discusión sobre banalizar el sexo ni marcarme un speech sobre lo que considero debería potenciarse a determinadas edades, pienso que la sociedad está llena de incoherencias. Como diría el refrán, "Mucho ruido y pocas nueces", porque de nada sirve esforzarse de boquilla, mientras se consienten cosas como estas.
- Mood:
infuriated
Lo quiero.
Y lo quiero YA.
Y lo quiero YA.
- Mood:
nervous
Eso fue la cena de anoche.Tras tres días con procedimientos de compra de material, preparación de pescado y tensión por si salía bien, anoche la cena de sushi gustó a todos, especialmente a los cocineros: mi eternidad y yo.
Como en todo buen momento que se precie, quedan para el recuerdo algunas anécdotas, como el aprendizaje forzoso del uso de palillos para mi padre, la cara de mi sobrino al lamer un pequeñísimo punto de wasabi, aquel tipo de rollo que había que coger con la mano, la espera eterna a mis padres, lo hinchados que ambos estábamos y no precisamente por la comida, sino porque la cena fue una consecución de "Qué bueno"s, "Me encantan éstos", "Esto está genial"...
Asimismo, la preparación del sushi tuvo también sus anécdotas, como el cuchillo afiladísimo que corta uñas, el dolor de espalda, los rollos que se deshacen y las felicitaciones de mi eternidad por haberme convertido en una experta del sushi.
En definitiva, fue una buena cena que se aderezó con buena comida, buena compañía y buenas intenciones de repetir.
Cuando alguien quiera, ya sabe!!!
Cuando volví por última vez con mi eternidad, pude descubrir que, con el paso de los años, había adquirido gustos nuevos. En nada superficial se parecía a lo que yo había conocido, aunque conservaba toda su esencia y su carácter.
Recuerdo cuando me dijo que era un enamorado de Japón y que su comida favorita era el sushi. Con los ojos como platos, imaginé el pescado crudo recorriendo mi garganta, haciendo una mueca de asco interior y conservando la sonrisa exterior. Dijimos que probaría el sushi y la comida japonesa, y que recorreríamos los sitios para comer siempre que pudiésemos. Todo quedó en uno de esos planes que parecen no ir a realizarse, pero un día llegó el momento. Vaya si llegó.
La primera vez que lo visité en Madrid fuimos a un japonés precioso y delicioso cerca de la Gran Vía. Algo medianamente occidental, pues en esto también hay tipos. Recuerdo haber practicado en mi casa con los palillos, pues sabía a ciencia cierta que en esa visita sucedería. Pero la realidad estaba bien lejos de mi práctica. Ver a mi eternidad emocionado con los makis y a mí, tragando esas bolas de pescado y alga, teniendo náuseas y fingiendo un sonrisón que ni pintado.
Lo curioso? Ahí estaba firmando mi sentencia de muerte, la que me comprometería con el sushi para los restos. Mientras sentía náuseas, sentía esa sensación de avidez, de necesitar y querer más. Acabada la comida y la sensación "náusea", quería volver al día siguiente. Y así hasta hoy. El Sushi se ha convertido en mi comida favorita, es sólo una de las millones de cosas que tengo que agradecer a mi eternidad.
Favorita hasta el punto de fabricarla en casa, con bastante habilidad por cierto. Favorita hasta hacerla tan pública que mi familia se ha sentido tentada. El Sábado nos espera una sesión de cena japonesa, sushi mediante, para ocho. Y los responsables de la acción?
Mi eternidad y yo.
La cena está servida.
Recuerdo cuando me dijo que era un enamorado de Japón y que su comida favorita era el sushi. Con los ojos como platos, imaginé el pescado crudo recorriendo mi garganta, haciendo una mueca de asco interior y conservando la sonrisa exterior. Dijimos que probaría el sushi y la comida japonesa, y que recorreríamos los sitios para comer siempre que pudiésemos. Todo quedó en uno de esos planes que parecen no ir a realizarse, pero un día llegó el momento. Vaya si llegó.
La primera vez que lo visité en Madrid fuimos a un japonés precioso y delicioso cerca de la Gran Vía. Algo medianamente occidental, pues en esto también hay tipos. Recuerdo haber practicado en mi casa con los palillos, pues sabía a ciencia cierta que en esa visita sucedería. Pero la realidad estaba bien lejos de mi práctica. Ver a mi eternidad emocionado con los makis y a mí, tragando esas bolas de pescado y alga, teniendo náuseas y fingiendo un sonrisón que ni pintado.
Lo curioso? Ahí estaba firmando mi sentencia de muerte, la que me comprometería con el sushi para los restos. Mientras sentía náuseas, sentía esa sensación de avidez, de necesitar y querer más. Acabada la comida y la sensación "náusea", quería volver al día siguiente. Y así hasta hoy. El Sushi se ha convertido en mi comida favorita, es sólo una de las millones de cosas que tengo que agradecer a mi eternidad.
Favorita hasta el punto de fabricarla en casa, con bastante habilidad por cierto. Favorita hasta hacerla tan pública que mi familia se ha sentido tentada. El Sábado nos espera una sesión de cena japonesa, sushi mediante, para ocho. Y los responsables de la acción?
Mi eternidad y yo.
La cena está servida.
- Mood:
complacent
Tras tres años con mi antiguo blog, me he visto obligada a cambiar y recolocarme aquí. Digo "hola" a todo aquel que me lea por primera vez, y "qué bien que viniste" a aquel que me haya encontrado desde mi antiguo blog.
En estos tres años han cambiado infinidad de cosas de todas las índoles: profesionales, personales, familiares, académicas...
Ahora, como siempre suele suceder, releo mis principios del anterior blog y pienso en lo que dije, en lo que sentí escribiendo, en todo aquello que viví y que hoy, por suerte o por desgracia, ha cambiado.
Claro está que, dependiendo del cambio, me río o añoro. Me río como uno hace cuando recuerda sus tiempos de adolescente y las tonterías típicas de la época, cuando recuerda haber defendido a capa y espada alguna teoría y ahora tiene que comerse sus palabras (cosa que, por cierto, es ley de vida). Añoro como uno hace cuando tuvo algo que ya no tiene, cuando sintió algo que ya no siente. Independientemente del tipo de cambio, lo cierto es que siempre, aunque añore algunas cosas del pasado, siento que el presente es mejor, que es síntoma de que he evolucionado. A mejor.
Ahora, hoy, me hallo escribiendo en mi segundo blog. Recuerdo con cierto miedito el inicio del primero, dándome a conocer a través de "internet", ese ente enorme que significaba una pérdida de intimidad. Por eso nunca dije mi nombre, nunca di explicaciones de nadie y me limité a nombrar a algunas personas. Por eso yo soy Canelilla, y mi pareja es Mi Eternidad. Salvo mi gato, Mao, y alguna que otra amiga, ningún otro nombre figura en mi blog. Recuerdo también que no sabía que poner, a qué tipo de blog pertenecer. Recuerdo soltarme y sentirme bien escribiendo. Recuerdo con orgullo cuando mi blog iba cumpliendo años, cuando veía el contador de visitas y cuando me di cuenta de que tenía un pequeño grupo de fieles. Muy pocos, pero fieles. No quise pedir más, ni quiero.
Antes y ahora. Bienvenidos a mi nuevo cambio, con el que espero sonreír dentro de mucho tiempo....
En estos tres años han cambiado infinidad de cosas de todas las índoles: profesionales, personales, familiares, académicas...
Ahora, como siempre suele suceder, releo mis principios del anterior blog y pienso en lo que dije, en lo que sentí escribiendo, en todo aquello que viví y que hoy, por suerte o por desgracia, ha cambiado.
Claro está que, dependiendo del cambio, me río o añoro. Me río como uno hace cuando recuerda sus tiempos de adolescente y las tonterías típicas de la época, cuando recuerda haber defendido a capa y espada alguna teoría y ahora tiene que comerse sus palabras (cosa que, por cierto, es ley de vida). Añoro como uno hace cuando tuvo algo que ya no tiene, cuando sintió algo que ya no siente. Independientemente del tipo de cambio, lo cierto es que siempre, aunque añore algunas cosas del pasado, siento que el presente es mejor, que es síntoma de que he evolucionado. A mejor.
Ahora, hoy, me hallo escribiendo en mi segundo blog. Recuerdo con cierto miedito el inicio del primero, dándome a conocer a través de "internet", ese ente enorme que significaba una pérdida de intimidad. Por eso nunca dije mi nombre, nunca di explicaciones de nadie y me limité a nombrar a algunas personas. Por eso yo soy Canelilla, y mi pareja es Mi Eternidad. Salvo mi gato, Mao, y alguna que otra amiga, ningún otro nombre figura en mi blog. Recuerdo también que no sabía que poner, a qué tipo de blog pertenecer. Recuerdo soltarme y sentirme bien escribiendo. Recuerdo con orgullo cuando mi blog iba cumpliendo años, cuando veía el contador de visitas y cuando me di cuenta de que tenía un pequeño grupo de fieles. Muy pocos, pero fieles. No quise pedir más, ni quiero.
Antes y ahora. Bienvenidos a mi nuevo cambio, con el que espero sonreír dentro de mucho tiempo....
- Mood:
happy
