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Sorpresas

Cómo me gusta preparar sorpresas...

¿Habrá alguna profesión de "sorpresera" u "organizaplanes"?
En breve, noticias.



P.D: Por si a alguien no le había quedado claro, hoy mi eternidad me ha demostrado, una vez más, que es un crack en todo lo que se propone. Henchida de orgullo me hallo, oiga.

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La memoria de los gatos

Mi gata Tara, que cuenta con 13 años a sus espaldas, es una de esas mascotas absolutamente privilegiadas. Tiene la suerte de que nosotros tenemos la suerte de tener una segunda residencia, que utilizamos en verano. Tras 9 meses en un piso, llega la época estival y Tara veranea con nosotros, en una casa con las ventanas permanentemente abiertas y un jardín de buen tamaño, para que "trisque" por ahí sin riesgo alguno, recordando su escaso tiempo de gatuno salvaje. Sabemos que sabe cuándo vamos a irnos, porque percibe el movimiento de maletas, bolsas, la forma de recoger la casa y sus cosas propias. Sabemos que es tan feliz durante el verano como triste se pone al percibir, de nuevo, que nos volvemos. Huye, se esconde, remolonea y no permite que acortemos el tiempo de salida. Es absolutamente feliz en vacaciones, disponiendo de todo lo habitual (absoluto cuidado, comida, mimos y todo lo que incluso no necesita) y con el aliciente del exterior, del sol y de las plantas. Cuando por fin logramos meterla en el coche y llevarla a casa, vemos que al dormir sonríe. Y nos gusta pensar que está soñando con su amada Santa Pola (sí, en mi casa hay muchos enamorados fieles de Santa Pola), con sus carreras y con su peculiar forma de defender la casa bufando a otros gatos. Eso sí, sin llegar a las patas, que Tara es demasiado fina.

Es por esto que, cuando la gente afirma rotundamente que los gatos no piensan, yo lo dudo. Quizá no sea como nosotros, quizá no tienen el suficiente intelecto como para razonar lo que es un recuerdo y lo que es un instinto. A mí, sin embargo, me gusta pensar que nos conocen tanto que no les hace falta separar un recuerdo de una simple costumbre.

Y todo esto viene a colación por Mao, mi gato adoptado. Hace ya 8 meses que está con nosotros y parece que lleve toda la vida conmigo. O al menos esa es la sensación que me da. Mientras en verano yo estoy fuera, con Tara, él está con mi compañera de piso, que lo trata como yo, como si fuera el hijo que aún no hemos tenido. Sin embargo, pese a que la adora con auténtica devoción, cuando yo llego al piso tras dos meses, actúa conmigo como si realmente me hubiera echado de menos. Y sí, aunque suene mal, soy su preferida y él da muestras de ello.

Por esto me pregunto si Mao tiene memoria, si recuerda tan bien como yo el momento en que nos vimos en la puerta del bar, bajo de mi casa. Recuerdo nítidamente el momento de verlo, el momento fatal en que me miró y ya supe que se quedaría conmigo para siempre. No sé si recuerda los primeros días, mis intensos cuidados y sus tratamientos. Me pregunto si sabe que para mí fue amor a primera vista y que cada vez que me voy de casa lo echo de menos. Sí, quiero a mi gato como si llevara 20 años conmigo. Sí, adoro a los gatos. Y sí, soy de las que piensa que las personas que tratan mal a los animales son malas personas.

Si es que él no lo recuerda, entonces no entiendo el por qué de su amor constante, de sus mimos y de su preferencia absoluta para dormir conmigo, enroscado como un visón en mi pie o con la cabeza apoyada en la almohada, donde yo también apoyo la mía. Cuando ve que mi eternidad no está, decide sustituirlo en la almohada y se duerme tocándome la cabeza con una pata. Y cuando me levanto, o me despierto, me doy cuenta de que nunca he hecho mejor cosa que recogerlo de la calle.

Y seguro que él también opina lo mismo.

A cuadros

Hoy, tras una sesión de cine frustrada por falta de información, por fin vamos a ver UP, la nueva peli de Pixar.

Me gusta el cine de Santa Pola porque es pequeño, porque me compro kilos de gominolas y porque me gusta la sensación de vivir cerca del cine. Además, nunca está abarrotado (salvo el día que vi Wall-e) y el precio no es excesivo. En verano, mi eternidad y yo aprovechamos para ver pelis de temáticas inicialmente infantiles: Wall-e, Kung Fu Panda y, hoy, Up.

Pero no es mi amor por el cine lo que me trae hoy por aquí. Es el continuo agradecimiento a la vida por haber pasado ya de la pubertad y la tontería, además de haber estado, afortunadamente, bien acompañada en estas épocas pasadas. Desde luego, mucha fuerza de voluntad habría tenido que tener si mi adolescencia fuera ahora, para no ser completamente gilipollas. Lo siento mucho, pero estoy convencida de lo que digo. Más allá de la tontería propia de esa edad, que es inevitable, ahora es imposible o dificilísimo ser adolescente y pensar de forma madura. Ya no madura, sino buena. Es decir, fomentando valores como el respeto a las personas, como mínimo valor de la vida.

Aclaro, antes de nada, que no soy feminista. Para nada.
Todo esto surge a colación de que me planteo la eficacia o el por qué de un Ministerio de Igualdad, el esfuerzo de las personas por reconocer las igualdades de la mujer y el hombre, la necesidad de respeto a ambos, la eliminación de tópicos...todo ello, para qué sirve si luego vas a ver la cartelera de un cine y como cartel principal sale esto:


Y no me refiero al juego (que me recuerda al ruborizado "jajaja culo, ha dicho culo!") con la imagen del indicador de velocidad y el símil con el pene. Por otra parte, podría estar mejor hecha la gracia acercando más el personaje al indicador. Ya que haces una pifia, hazla bien. Tampoco al "En qué coño piensas, tío?". Cuestión de utilidad de horarios infantiles y educación para que esto sea visible en todas partes.
Me refiero, básicamente, a la presentación de los personajes. Ellos, "El manitas" y "El killer" (este sí que me ha "matao" completamente), se supone que guays, enrollados, divertidos y como no, ejemplos a seguir. Imagino que se llaman así por dos razones: O no se comen un torrao o se comen todo lo que encuentren, desesperación implícita. Mientras tanto, ellas son "La loba" (imagino que porque triunfa con el sexo opuesto y como es una tía, es decir putón finamente)  y, la mejor de todas, "La zorra". Es aquí donde me quedo sin palabras.
Y el argumento, después de todo, sigue siendo tan peor como otras películas americanas malas para adolescentes, pero con carteles algo más respetuosos: "El joven Ian Lafferty, junto a sus mejores amigos Lance y Felicia, emprende un viaje de costa a costa para perder su virginidad con una ardiente muchachita que conoció a través de Internet. Pero el viaje, cargado de desopilantes desaventuras y escabrosas correrías, resulta ser una experiencia crucial, en la que todo lo que él creía saber sobre la vida, resulta ser diferente."

Sin querer entrar en la discusión sobre banalizar el sexo ni marcarme un speech sobre lo que considero debería potenciarse a determinadas edades, pienso que la sociedad está llena de incoherencias. Como diría el refrán, "Mucho ruido y pocas nueces", porque de nada sirve esforzarse de boquilla, mientras se consienten cosas como estas.



Vicio

Lo quiero.
Y lo quiero YA.




Un exitazo


Un exitazo.
Eso fue la cena de anoche.Tras tres días con procedimientos de compra de material, preparación de pescado y tensión por si salía bien, anoche la cena de sushi gustó a todos, especialmente a los cocineros: mi eternidad y yo.

Como en todo buen momento que se precie, quedan para el recuerdo algunas anécdotas, como el aprendizaje forzoso del uso de palillos para mi padre, la cara de mi sobrino al lamer un pequeñísimo punto de wasabi, aquel tipo de rollo que había que coger con la mano, la espera eterna a mis padres, lo hinchados que ambos estábamos y no precisamente por la comida, sino porque la cena fue una consecución de "Qué bueno"s, "Me encantan éstos", "Esto está genial"...
Asimismo, la preparación del sushi tuvo también sus anécdotas, como el cuchillo afiladísimo que corta uñas, el dolor de espalda, los rollos que se deshacen y las felicitaciones de mi eternidad por haberme convertido en una experta del sushi.

En definitiva, fue una buena cena que se aderezó con buena comida, buena compañía y buenas intenciones de repetir.


Cuando alguien quiera, ya sabe!!!


Sushi para todos

Cuando volví por última vez con mi eternidad, pude descubrir que, con el paso de los años, había adquirido gustos nuevos. En nada superficial se parecía a lo que yo había conocido, aunque conservaba toda su esencia y su carácter.
Recuerdo cuando me dijo que era un enamorado de Japón y que su comida favorita era el sushi. Con los ojos como platos, imaginé el pescado crudo recorriendo mi garganta, haciendo una mueca de asco interior y conservando la sonrisa exterior. Dijimos que probaría el sushi y la comida japonesa, y que recorreríamos los sitios para comer siempre que pudiésemos. Todo quedó en uno de esos planes que parecen no ir a realizarse, pero un día llegó el momento. Vaya si llegó.

La primera vez que lo visité en Madrid fuimos a un japonés precioso y delicioso cerca de la Gran Vía. Algo medianamente occidental, pues en esto también hay tipos. Recuerdo haber practicado en mi casa con los palillos, pues sabía a ciencia cierta que en esa visita sucedería. Pero la realidad estaba bien lejos de mi práctica. Ver a mi eternidad emocionado con los makis y a mí, tragando esas bolas de pescado y alga, teniendo náuseas y fingiendo un sonrisón que ni pintado.

Lo curioso? Ahí estaba firmando mi sentencia de muerte, la que me comprometería con el sushi para los restos. Mientras sentía náuseas, sentía esa sensación de avidez, de necesitar y querer más. Acabada la comida y la sensación "náusea", quería volver al día siguiente. Y así hasta hoy. El Sushi se ha convertido en mi comida favorita, es sólo una de las millones de cosas que tengo que agradecer a mi eternidad.

Favorita hasta el punto de fabricarla en casa, con bastante habilidad por cierto. Favorita hasta hacerla tan pública que mi familia se ha sentido tentada. El Sábado nos espera una sesión de cena japonesa, sushi mediante, para ocho. Y los responsables de la acción?
Mi eternidad y yo.


La cena está servida.

De cambios y saludos

Tras tres años con mi antiguo blog, me he visto obligada a cambiar y recolocarme aquí. Digo "hola" a todo aquel que me lea por primera vez, y "qué bien que viniste" a aquel que me haya encontrado desde mi antiguo blog.

En estos tres años han cambiado infinidad de cosas de todas las índoles: profesionales, personales, familiares, académicas...
Ahora, como siempre suele suceder, releo mis principios del anterior blog y pienso en lo que dije, en lo que sentí escribiendo, en todo aquello que viví y que hoy, por suerte o por desgracia, ha cambiado.

Claro está que, dependiendo del cambio, me río o añoro. Me río como uno hace cuando recuerda sus tiempos de adolescente y las tonterías típicas de la época, cuando recuerda haber defendido a capa y espada alguna teoría y ahora tiene que comerse sus palabras (cosa que, por cierto, es ley de vida). Añoro como uno hace cuando tuvo algo que ya no tiene, cuando sintió algo que ya no siente. Independientemente del tipo de cambio, lo cierto es que siempre, aunque añore algunas cosas del pasado, siento que el presente es mejor, que es síntoma de que he evolucionado. A mejor.

Ahora, hoy, me hallo escribiendo en mi segundo blog. Recuerdo con cierto miedito el inicio del primero, dándome a conocer a través de "internet", ese ente enorme que significaba una pérdida de intimidad. Por eso nunca dije mi nombre, nunca di explicaciones de nadie y me limité a nombrar a algunas personas. Por eso yo soy Canelilla, y mi pareja es Mi Eternidad. Salvo mi gato, Mao, y alguna que otra amiga, ningún otro nombre figura en mi blog. Recuerdo también que no sabía que poner, a qué tipo de blog pertenecer. Recuerdo soltarme y sentirme bien escribiendo. Recuerdo con orgullo cuando mi blog iba cumpliendo años, cuando veía el contador de visitas y cuando me di cuenta de que tenía un pequeño grupo de fieles. Muy pocos, pero fieles. No quise pedir más, ni quiero.

Antes y ahora. Bienvenidos a mi nuevo cambio, con el que espero sonreír dentro de mucho tiempo....

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